Por ARIDIA RAMOS.
Mi camino hacia la maternidad no empezó con un nacimiento, sino con una espera. Casi un año deseando ser madre, imaginando, soñando… hasta que por fin llegó la noticia. Estaba embarazada. Todo era ilusión, todo era alegría.

Pero en la semana 12, en una consulta rutinaria, el mundo se detuvo. Recuerdo perfectamente esas palabras que nunca estás preparada para escuchar. No hay latido.
En aquel tiempo estaba de gira por las islas con Grupo Bomba, y la música, sin saberlo, se convirtió en mi refugio. Subirme a un escenario era, a veces, la única forma olvidar. Aun así, no fue fácil. Hubo días grises, silencios largos y una tristeza que necesitó su tiempo. Mi pareja fue la pieza, mi motor junto a mi familia.

Meses después, la vida volvió a abrirse paso. Volví a quedarme embarazada. Pero esta vez no fue igual. La alegría venía acompañada de un miedo constante, casi invisible pero siempre presente. Cada prueba, cada revisión, cada espera se vivía con el corazón en un hilo. Y así transcurrió mi embarazo: entre la ilusión y el miedo, aprendiendo a convivir con ambos.
Hasta que, en junio, con tan solo 33 semanas, nació Marieta. Fue un parto complicado, intenso, de esos que nunca se olvidaran. Pero también fue el momento más mágico de mi vida.
Nadie te prepara para ser madre de un bebé prematuro. Pero desde el principio de este viaje entendí que muchas personas creen que nacer antes de tiempo es “solo” cuestión de ganar peso, de esperar unos días y volver a casa.

La realidad es muy distinta. Llegar antes de tiempo a este mundo trae consigo riesgos, incertidumbres y un sinfín de preguntas sin respuesta. Yo sentía que el mundo se te cae encima y que comienza un camino completamente nuevo, desconocido, una maternidad diferente a la que habías imaginado y muchas veces me preguntaba si lo estaba haciendo bien o incluso en que había fallado.
Las semanas en el materno no fueron fáciles. Cada día era una mezcla de esperanza y miedo, de avances pequeños que se celebraban. Mi bebé, desde el primer instante, fue una luchadora. Una guerrera silenciosa que, sin saberlo, me enseñaba a ser fuerte de otra manera.
Para mí, todo esto ha sido una locura de emociones, vivencias y aprendizajes. Porque de todo se aprende, y una experiencia así marca un antes y un después en tu vida. Y que, incluso en los momentos más difíciles, la vida siempre encuentra la forma de abrirse camino.

Ahora entiendo tanto a mi madre (algo que antes quizás por edad no entendía). A sus cuidados, sus miedos… Ser madre es una palabra tan grande y que tiene tanto sacrificio, pero tanto amor que no se puede explicar.