Por IRATXE SERRANO.
El Día de la Madre suele evocar imágenes muy concretas. Fotografías de embarazo, relatos de partos, bebés recién nacidos en brazos de quien los ha gestado. La maternidad aparece, casi siempre, vinculada a la biología y al inicio de la vida desde el cuerpo. Es comprensible. Dar a luz es una experiencia intensa, profundamente significativa para muchas mujeres. Sin embargo, la maternidad no se agota ahí. Existen otras formas de maternar que comienzan en lugares muy distintos y que implican el mismo ejercicio cotidiano de cuidado, responsabilidad y presencia.
Una de esas formas es la maternidad que se vive desde el acogimiento familiar. Mi experiencia como madre acogedora empezó con la llegada de un bebé que tenía poco más de veinte días de vida. Era muy pequeño todavía, en esa etapa en la que todo es frágil y reciente y en la que los bebés apenas empiezan a organizar el sueño, el hambre y la calma. Llegó a casa en brazos de profesionales del sistema de protección, envuelto en una mantita y con una historia que ya había empezado antes de ese momento.
Puede parecer poco tiempo si se mira desde una perspectiva biográfica amplia, pero en la vida de un bebé es un periodo enorme. En esos primeros meses se construyen los cimientos de la seguridad básica. El bebé aprende que cuando tiene hambre alguien responde, que cuando llora alguien lo toma en brazos, que cuando el mundo resulta demasiado intenso existe una presencia que calma.

El acogimiento familiar es una medida de protección destinada a garantizar el cuidado y el bienestar de niños y niñas que no pueden vivir temporalmente con su familia de origen. No crea filiación ni sustituye la historia del niño o la niña. Su función es ofrecer un entorno familiar estable mientras se resuelve la situación que ha provocado la separación. En el caso de los bebés, esa tarea es especialmente delicada. Los primeros meses de vida son un periodo crítico para la construcción del apego y para el desarrollo emocional temprano.
Quienes acogen a un bebé asumen necesariamente funciones maternas y paternas en el sentido más profundo del término. No se trata solo de cubrir necesidades básicas. El cuidado de un bebé es una forma de atención continua, casi corporal. Preparar biberones a horas imprecisas de la madrugada. Aprender a reconocer los matices del llanto. Balancear, sostener, hablar en voz baja. Acompañar los despertares nocturnos, los pequeños progresos, las primeras sonrisas que empiezan a aparecer cuando el bebé reconoce un rostro familiar.
La particularidad del acogimiento es que esta forma de maternidad se ejerce sabiendo que es temporal. Desde el primer día existe la conciencia de que ese bebé tiene una historia que no empieza en nuestra casa y que su vida continuará en otro lugar. No se trata de sustituir a nadie ni de apropiarse de una historia que pertenece al niño o la niña.
En mi caso, esta experiencia se entrelaza además con mi propia biografía. Yo soy una persona adoptada. Mi historia personal es distinta a la de ese bebé. La adopción implica una filiación permanente, jurídica y afectiva. Es una forma de construir familia para toda la vida. El acogimiento, en cambio, forma parte de las medidas del sistema de protección y tiene un carácter transitorio. Comprender bien esa diferencia es importante.
A veces se piensa que una persona adoptada que acoge lo hace movida por una especie de espejo biográfico, como si ambas experiencias fueran equivalentes. No lo son. No acogí para reproducir mi propia historia ni para cerrar ningún círculo personal. Mi adopción pertenece a mi trayectoria vital. El acogimiento es una decisión adulta vinculada al compromiso con la protección de la infancia.

Haber crecido con una historia adoptiva sí hace especialmente visible algo que a veces se olvida: ningún niño o niña empieza de cero cuando llega a una familia. Incluso un bebé de pocas semanas tiene ya un contexto y unas circunstancias que han hecho necesaria la intervención del sistema de protección.
Durante aquellos meses la vida se organizó alrededor de gestos muy sencillos. El ritmo de los biberones, las horas de sueño irregulares, los paseos con el carrito mientras el bebé observaba el mundo con esa atención tranquila que tienen quienes acaban de llegar a él. Poco a poco aparecieron los cambios que marcan el crecimiento en esa etapa. El cuerpo que se vuelve más fuerte. La mirada que sigue los movimientos. Las primeras risas cuando una voz conocida se acerca.
Quien ha cuidado a un bebé sabe que la mayor parte de la maternidad se construye en esa repetición cotidiana de pequeños actos de cuidado. No suele haber grandes gestos heroicos. Hay, más bien, constancia. Una presencia que se repite día tras día y que permite al bebé organizar su experiencia del mundo.
En el acogimiento, esa experiencia cotidiana tiene además una dimensión ética. Se cuida sabiendo que el niño o la niña forma parte de una historia más amplia que incluye a su familia de origen y a las instituciones responsables de garantizar su protección. El objetivo no es construir una nueva filiación, sino asegurar que durante un periodo especialmente vulnerable exista un entorno afectivo y estable.
Cuando se acerca el momento de la despedida aparecen emociones complejas. El vínculo que se ha construido es real. Durante meses ese bebé ha marcado los ritmos de la casa y de la vida cotidiana. Es inevitable sentir emociones encontradas ante la separación.
Al mismo tiempo aparece otra sensación. La de haber podido ofrecer cuidado en un momento muy importante de su desarrollo. Durante esos meses el bebé tuvo brazos que lo sostenían cuando lloraba, una voz que le hablaba, un entorno tranquilo desde el que empezar a descubrir el mundo.
El Día de la Madre es una buena ocasión para ampliar la mirada sobre lo que entendemos por maternidad. No todas las maternidades pasan por el embarazo. Algunas nacen de una decisión consciente de cuidar y se ejercen dentro del sistema de protección a la infancia, acompañando a bebés, niños y niñas en momentos particularmente delicados de sus vidas.
Durante siete meses yo fui la persona que respondía al llanto de ese bebé en mitad de la noche. La que preparaba su comida, la que lo sostenía cuando buscaba consuelo, la que celebraba cada pequeño avance de su crecimiento.
No lo parí. Pero durante ese tiempo ejercí la maternidad en el sentido más concreto del cuidado. Tal vez eso nos recuerde algo importante. La maternidad no es solo un hecho biológico. Es, sobre todo, una práctica sostenida de responsabilidad, afecto y presencia. Una forma de cuidar la vida cuando más lo necesita.