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“SIENTO QUE CREZCO COMO SER HUMANO AL LADO DE LAS PERSONAS A LAS QUE ME TENGO QUE DEDICAR”



Por Teresa Ojeda (La Aldea de San Nicolás)

Natural de La Aldea, para unos soy Gabina, para otros Tere y, para la familia, Teri. Es lo que tiene llamarse Gabina Teresa. El primer nombre se lo debo, por un lado, a mi día de nacimiento (19.02.1968), día de San Gabino, entre otros santos; y, por otro, a quien en aquel momento hacía las inscripciones en el Registro del Juzgado, que se empeñó en anteponerlo al que es mi segundo nombre. Teresa es por mi madre, nacida un 15 de octubre, día de Santa Teresa, pero bautizada como Ángela.

Soy la mayor de cuatro hermanos (Sandra, Rosa y Fran), nacidos de la unión de Angelita y Tomasito, como siempre se les ha conocido en La Aldea. Mis padres, como la mayoría de los padres y madres de este municipio o cualquier otro rural, empezaron a trabajar desde niños. Mi madre siempre comenta que, a los 9 años, habiendo malamente aprendido a leer y escribir, ya tuvo que dejar de ir al colegio para ayudar a una familia de 13 hermanos. Siempre ha sido una mujer muy valiente, luchadora, con ganas de aprender. Uno de sus hobbies actuales es la lectura (parece que quisiera recuperar el tiempo perdido). Mi padre, por su parte, empezó a trabajar de manera reglada, siendo menor de edad, por lo que “mintieron” en su fecha de nacimiento para poder contratarlo. Siempre ha sido muy autodidacta e inquieto, hasta el punto de que, en la actualidad, se maneja perfectamente con las nuevas tecnologías, teniendo yo que recurrir a él muchas veces. 

Así que, cuando forman su familia, siguen trabajando para asegurarse de que, a nosotros, dentro de la humildad, no nos faltase de nada, como así fue, además de ofrecernos la posibilidad de formarnos a nivel académico. Afortunadamente, desde hace 20 años, disfrutan, juntos, de una merecidísima jubilación.

Muchos han sido los regalos que mi padre y mi madre nos han dado y nos siguen dando. Uno de ellos ha sido la posibilidad de que estudiásemos lo que nos gustaba (dentro de unas posibilidades, pero con un abanico bastante amplio).

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Yo empecé en el colegio a los 6 años, como se acostumbraba en aquella época. Gracias a mi madre que, aunque poco pudo aprender, al empezar, ya sabía leer, escribir, sumar y restar, y multiplicar y dividir por una cifra. Inmediatamente me pasaron a segundo curso de EGB. Superé todos los cursos sin dificultad, acabando COU con 17 años. Era más de letras; me encanta la Lengua y la Literatura, aunque las Matemáticas también me apasionaban y apasionan. Me marché a estudiar Filología a Las Palmas de Gran Canaria. Empecé por inglesa, pero se me atravesó un poco. Pasé a Hispánica, pero, en tercero, por circunstancias que no vienen al caso, lo dejé. Me siguen apasionando las letras, Lengua y Literatura, pero no era mi camino.

Es entonces cuando, por casualidad, empiezo Trabajo Social. Es ahí donde descubro cuál es mi vocación, aunque nunca había sabido ponerle nombre.

Fueron tres años muy intensos, de muchas vivencias, horas de estudio, trabajos de grupo, horas de prácticas por la mañana para ir a clase por la tarde, conocimientos y un largo etc. Evocarlos, en estos momentos, solo me traen muy buenos recuerdos, muy buenas sensaciones y muchas, muchas risas. De esos tres años, además de obtener la Diplomatura en Trabajo Social, nacen amistades que ya son familia, que siguen muy presentes en mi vida.

Acabo Trabajo Social en junio de 1993 y, como de momento no surgía ninguna oferta de trabajo, me puse a limpiar casas para poder hacer frente a mis gastos. Es en julio de 1994 cuando surge la posibilidad de trabajar, durante 6 meses, en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Fueron 6 meses de trabajo, que viví como una extensión del periodo de prácticas, porque en aquellos momentos toda la teoría se esfumó y nada coincidía con el mundo real. Acabado ese contrato, vuelvo a retomar la limpieza de casas, a la espera de que llegara otra oportunidad de trabajar.

Esa oportunidad llega en enero de 1996, momento en el que se me contrata como Trabajadora Social para lo que en aquel momento se llamó Centro Asistencial. Sobre mediados de junio de 1995, había iniciado su andadura el Centro Ocupacional y, en enero de 1996, debido a la lejanía de nuestro municipio y la existencia de personas con una mayor necesidad de atención, se le une el Asistencial. Los primeros meses, la atención se hacía en los domicilios, mientras se finalizaban las obras de acondicionamiento del Centro. Recuerdo con la furgoneta Datsun naranja que mi padre me cedió cuando saqué el carnet, “de excursión” por el pueblo. Llevaba y volvía a recoger a la educadora y cuidadora de los diferentes domicilios. Yo tenía que combinar la labor como trabajadora social en el Centro, con otros programas que funcionaban en los Servicios Sociales municipales (Programa Menor y Familia, Drogodependencia, Ayudas Vivienda, Información y Orientación………).

En octubre de 1998, tras una baja médica de 5 meses para operación y recibir tratamiento por un cáncer de mama; a raíz de la marcha de la persona que asumía la coordinación del Centro, me toca a mí asumir dicha responsabilidad. De 2011 a 2015, combino mi labor como Trabajadora Social y Coordinadora del Centro de Discapacidad con la de Trabajadora Social y Directora de la Residencia de Mayores del municipio.

De 2016 en adelante, vuelvo a estar centrada únicamente en el Centro de Discapacidad.

A nivel personal, además de la fortuna de tener la familia que tengo, la vida, hace 12 años, me dio el mayor regalo que nunca pude imaginar: a mi hijo Gael. Yo le digo que es mi milagro, porque después de haber pasado por el cáncer de mama, a los 30 años, recibiendo quimio y radio, donde se suponía debía haber tenido una menopausia, haberme podido quedar embarazada, sin proponérmelo 10 años después, tener un embarazo, un parto de película (bendita epidural) y un hijo sano, no tiene otro calificativo. 

Las casualidades hicieron que, en 2014, llegase a nuestras vidas Rogelio, mi pareja. Le conocí por cuestiones laborales y siempre he dicho que el motivo de estar yo allí, en aquel momento, es que teníamos que cruzarnos para empezar a caminar juntos.

Regresando a mi trayectoria laboral, esta siempre ha sido de constante aprendizaje y continuo enriquecimiento. Siento que crezco como ser humano al lado de las personas a las que me tengo que dedicar. Son ellos los que me dan y me dan muchísimo.

Si algo me gustaría destacar en relación al Centro de Discapacidad, es que es una labor de equipo, de trabajo grupal. Todo lo que nace del Centro es fruto de un equipo unido, con sus diferencias, pero que se complementa y apuesta por los mismos objetivos. Trabajamos con unos chicos y chicas maravillosos, que se suman a todo lo que nosotras les proponemos. Asumimos nuevos retos y entre todos, los logramos, dando el protagonismo a quienes lo merecen, ellos y ellas, chicos y chicas del Centro. Esta nueva situación nos ha obligado, como a todo el mundo, a cambiar el chic, replantearnos cosas, establecer prioridades, cuidar y cuidarnos. En nuestro Centro veníamos de una dinámica de muchísima actividad fuera del Centro (salidas dentro y fuera del municipio), participación en un sinfín de actividades, de mucho ocio, teníamos programado hasta un viaje a Madrid. Tocó reinventarnos, de momento, dentro de lo que es “nuestra casa” y, ellos y ellas, vuelven a darnos lecciones. Se adaptan a las nuevas normas como si llevaran toda la vida haciéndolo, disfrutan de todas las actividades con todo el entusiasmo, sin importarles que, de momento, tengan que ser solo en el Centro.

Me siento muy afortunada.

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