Cocinar también es resistir

In

Por Yurena Rodríguez.

    Hay quienes entienden la cocina  como técnica, precisión y fuego; para mí, con el paso del tiempo, se ha convertido también en una metáfora de resistencia, carácter y transformación.

 En cada servicio, en cada preparación y en cada decisión tomada bajo presión, hay algo más que recetas: hay historia, disciplina y una forma de estar en el mundo.

Tengo 36 años y soy chef, pero mi camino hasta aquí no fue lineal, ni previsible. Crecí en un hogar desestructurado, sin una figura paterna, sostenida por el esfuerzo incansable de mi madre y la fortaleza serena de mi abuela. No nos faltó lo imprescindible, aunque todo era justo, y desde pequeña comprendí que el punto de partida no determina el destino. Las circunstancias pueden marcarte, pero no tienen por qué limitarte.

En la adolescencia también aprendí lo que significa convivir con la inseguridad. Fui una niña “rellenita” y, como tantas otras, conocí las burlas. Tampoco fui especialmente disciplinada en los estudios al principio, pero con el tiempo entendí algo fundamental: no importa cómo empiezas algo, sino cómo decides perfeccionarlo y terminarlo. Cursé Bachillerato de Artes y obtuve dos titulaciones, Diseño de Interiores y Administración para Empresas Turísticas. Mi trayectoria no fue recta, pero sí constante. Y esa constancia ha sido uno de los pilares de mi vida.

Al quedarme huérfana con 18 años, la vida me obligó a madurar antes de lo previsto. Me trasladé a Barcelona, donde trabajaba por las noches mientras estudiaba por las mañanas, aprendiendo a sostenerme sola en una ciudad desconocida. Más tarde, un problema de salud —un déficit severo de vitamina B12— me hizo regresar a Canarias y detener el ritmo. Aquella pausa no fue un retroceso, sino un punto de inflexión: comencé a interesarme profundamente por la alimentación desde una perspectiva más consciente, entendiendo que cocinar es también cuidar.

La necesidad económica me llevó a priorizar el trabajo. Viví en condiciones humildes mientras trabajaba en un local abierto 24 horas, asumiendo cualquier tarea necesaria. Esa etapa me enseñó versatilidad, humildad y resistencia. Más adelante entré en una cadena hotelera desde el puesto más básico, reponiendo buffet. Observaba, preguntaba, aprendía y me ofrecía  siempre que hacía falta una mano más. Poco a poco fui pasando por distintas partidas: cocina caliente, fría, japonesa, pastelería y restaurantes temáticos entre otros. Descubrí que la cocina no era solo un empleo, sino una vocación construida a base de horas, curiosidad y disciplina.  

Cocino no solo para alimentar; cocino porque me conmueve la sensación de que, con cada bocado, la otra persona se siente satisfecha y, aunque sea por un instante, un poco más feliz. Esa conexión silenciosa entre quien prepara y quien prueba es, para mí, el verdadero sentido de esta profesión.

En cocina, las manos hablan. Las pequeñas quemaduras y los cortes forman parte del aprendizaje. Son marcas que no se esconden, se asumen. Cada cicatriz cuenta horas de trabajo, presión y crecimiento. Con el tiempo entendí que la vida funciona igual: el esfuerzo deja huella, pero también construye carácter.

La pandemia supuso un paréntesis global, y poco después afronté uno de los momentos más complejos de mi vida: un accidente laboral que me provocó la rotura de tres ligamentos en el cuádriceps y el descubrimiento de una tumoración que, afortunadamente, resultó benigna. El proceso de recuperación fue largo y mentalmente exigente. Permanecí más de un año de baja, enfrentando incertidumbre y cambios profundos de mentalidad. Sin embargo, incluso en esa etapa decidí seguir formándome, convencida de que cada dificultad puede convertirse en preparación.

Al reincorporarme continué creciendo dentro de la empresa, llegando a dirigir una de las cocinas temática y asumiendo mayores responsabilidades. Apesar de tener varios cursos de cocina, hace dos años inicié un curso oficial de Dirección de Cocina, compaginando estudios matinales con jornadas laborales que en ocasiones se extendían mucho más allá del horario habitual. Actualmente soy Chef, gestiono y coordino al equipo. Intento ejercer un liderazgo basado en la exigencia profesional, pero

también en el respeto y la comunicación, sin favoritismos, consciente de que un equipo motivado trabaja mejor y crece unido.

Resulta inevitable reflexionar, especialmente en el Día de la Mujer, sobre el papel femenino en la gastronomía. Durante generaciones, han sido nuestras madres y abuelas quienes sostuvieron la alimentación en el ámbito doméstico, transmitiendo tradición y saber. Sin embargo, en la alta restauración profesional, los nombres más visibles han sido  mayoritariamente masculinos. Referentes como Carme Ruscalleda o Elena Arzak han demostrado que el talento y el liderazgo no entienden de género, abriendo camino a muchas otras profesionales. Aun así, en el día a día de muchas cocinas, ser mujer y ocupar posiciones de responsabilidad implica, en ocasiones, tener que demostrar el doble para obtener el mismo reconocimiento. 

He aprendido que la trayectoria profesional no tiene que ser perfecta ni lineal. Se puede comenzar en un ámbito y terminar en otro distinto si existe pasión y compromiso. Lo verdaderamente importante no es el punto de partida, sino la capacidad de evolucionar, de perfeccionar las habilidades y de no rendirse cuando el proceso se vuelve exigente, y si hay que empezar de 0 se empieza.

Si algo deseo transmitir con mi experiencia es que, incluso cuando todo parece difícil, siempre se puede avanzar un paso más. No es cuestión de heroicidad, sino de constancia diaria. El crecimiento real no ocurre de golpe; se construye con pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.

Este Día de la Mujer celebro la capacidad que tenemos de reinventarnos, de ocupar espacios que a veces parecen no estar pensados para nosotras y de liderar con firmeza sin perder la sensibilidad. Celebro a las mujeres que empezaron sin ventaja, a las que dudaron, a las que se cayeron y aun así siguieron.

He aprendido que no importa dónde comiences ni cuántas veces tengas que redirigir tu camino. Importa cómo decides hacerlo, cuánto estás dispuesta a aprender y cuánto te comprometes contigo misma. Las marcas —en la cocina y en la vida— no son debilidades, son prueba de que lo intentaste.

Si hoy alguien siente que lo tiene difícil, que va más lento que los demás o que su punto de partida no fue el mejor, quiero decirle algo claro: se puede. Con esfuerzo, con paciencia y con constancia, se puede. No será inmediato, pero será tuyo.

Porque cocinar también es resistir.
Y si yo he podido, sigo pudiendo. Y tú también puedes.

Must Read

Related Articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí