Madre, emprendedora y cómplice de mujeres

In

Por Yulai González.

     Mi nombre es Yulay González Tacoronte. Tengo 30 años y nací y crecí en Hoya de Pineda.

De mi pasado podría decir que tuve una infancia muy bonita, en una familia donde el amor era el centro de todo. Me inculcaron desde pequeña la importancia de estudiar, formarme y trabajar para conseguir mis sueños, siempre desde la humildad y la honestidad.   Dos pasiones marcaron mi niñez: por un lado, los maquillajes, las uñas, la peluquería… y por otro, los animales. En casa teníamos cabras, ovejas, cerdos, perros, conejos, gallinas… y no hay recuerdo más bonito que ir con mi padre a darles de comer, jugar con ellos, ordeñar o hacer queso.

Siempre decía que de mayor sería veterinaria. Hoy lo llamo “mi sueño frustrado”, porque cuando creces te das cuenta de que son muchos años de estudio, lo costoso que resulta la universidad, las notas, y la incertidumbre de si podrás sustentar tu vida después. Así que, con los pies en la tierra pero sin apagar mi otra pasión, decidí estudiar peluquería y estética.

La vida me golpeó pronto. La muerte de mi abuela paterna —con la que me crié— y la de mi primo, al que quería como un hermano, hicieron que mis años académicos se torcieran. 

Me fui a Agaete, a un instituto con formación en Imagen Personal. Allí terminé la ESO mientras estudiaba peluquería y estética durante dos años, y fue entonces cuando me  enamoré definitivamente de este mundo, decantándome por la estética, que siempre fue lo que más me llenó. Continué dos años más en un ciclo medio de estética y, queriendo ir más allá en el contacto con las personas, estudié Quiromasaje en la academia Begoña Ferrero, en Las Palmas. Mientras tanto, trabajaba como limpiadora y recepcionista para costearme los estudios, mis primeros esmaltes, mis herramientas, la gasolina… y no depender de mis padres.

Justo cuando iba a empezar mi sueño como esteticista, comenzó otro sueño: ser madre joven. A los meses de embarazo, nos compramos una casa y me despidieron del trabajo. Me dediqué a cuidarme el resto del embarazo, consciente de que nadie me contrataría en ese estado. Después de nacer mi hija, viví su primer año sin perderme absolutamente nada.

Luego volví a trabajar, esta vez cuidando a una persona mayor, para poder aportar en casa y seguir invirtiendo en mi proyecto de estética. Empecé en una habitación pequeña de mi casa, hasta que pude habilitar una más grande en el patio, con entrada independiente. Poco a poco, más gente confiaba en mí. Y un día, con mucho miedo y embarazada de mi segundo hijo, decidí hacerme autónoma.

Después de la pandemia, necesité un cambio. Con dos niños en casa, un embarazo y un posparto complicados por la pandemia, y el trabajo en casa, la ansiedad empezó a comerme. Quería que la gente me conociera más, quería crecer. Así que alquilé una cabina. Un rincón pequeño pero acogedor que me ha dado paz, alegría y personas increíbles. Porque la vida no sería nada sin un poco de miedo: es parte del proceso.

¿Que si me gusta mi trabajo? No me gusta: me apasiona.

Me encanta hacer sentir bien a la gente, verlas más guapas, con mayor autoestima, que se dediquen ese tiempo de paz, de relajación y de mimos conmigo. Porque yo empatizo con mi clienta y a veces somos mucho más que manicurista y clienta: somos amigas, psicólogas… La manicura, además de embellecer y ser un arte, es una terapia. Terapia  para desahogarte, para reírte, para soltar lo malo y llorar si hace falta, para contar lo que te preocupa y recibir un consejo desde el amor y la honestidad. Terapia de autoestima.

Y es arte. Poder plasmar tu estado de ánimo: “Yulay, estoy triste, apática, me apetece algo oscuro”. O tu personalidad: “Yulay, tú sabes que soy clásica, hazme una francesa o un nude”. O la confianza absoluta: “Yulay, hoy hazme lo que tú quieras, pero que tenga mucho color”. Cuando alguien te dice “hazme lo que quieras”, está confiando en ti, en que conoces sus uñas, en que no harás nada que no le guste. Porque una manicurista se convierte en algo más que “la que me hace las uñas”. 

Observo, escucho, no juzgo. Y no hago el trabajo, cobro y hasta el mes que viene. No. Yo pienso si la hija de Pepita estará mejor de la gripe, si el hijo de Alí se habrá recuperado de su operación, cómo le habrán ido las pruebas a Niurka, o cómo voy a hacerle las uñas a Aroa para la revelación del sexo de su bebé.

Ser esteticista y manicurista, cuando te apasiona, es muy bonito y gratificante. Ver a esa persona cada mes, ahí, porque confía en tu  trabajo, en ti, en que va a salir con un servicio bien hecho, cuidada y mimada como merece. Y también confía en ti cuando algo no sale bien, o cuando tú no has tenido un buen día, porque eres humana, y te dice: “No pasa nada, Yulay, otro día te saldrá mejor, solo tienes que intentarlo porque tú puedes”.

Me encantaría poder decir que, por muy duro que esté siendo la vida en este momento, y aunque el esfuerzo diario es inmenso para poder continuar, quiero tener mi propio salón. Y por qué no, nunca se sabe, y no está mal soñar con algo más: poder estudiar ese sueño frustrado y formarme de alguna manera para estar con los animales.

Esta es mi historia. La historia de una madre emprendedora que ama su trabajo, que cada día piensa en ser mejor para las personas que confían en ella. Que intenta de nuevo lo que no le salió, que busca más variedad, más efectos, más formación. Una madre que trabaja en su sueño para ser mejor cada día.

Por ella, por su familia y por sus clientas.

Must Read

Artículo anterior
Artículo siguiente

Related Articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí