Por Carol Cabrera.
Me llamo Carol y soy actriz de profesión, pero no voy a hablar de mi. Voy a hablar de una mujer ala que admiro mucho. Voy a hablar de Maruca “Turra”.
Maruca es una mujer que vive para los demás. Tiene dos hijos y un marido que solo ven a la
madre o a la esposa, pero ni se plantean que debajo de esa madre hay una mujer. Por eso en su casa nadie le pregunta como está, ni si ha dormido bien o si está cansada porque todos han asumido que ella está allí haciendo lo que le toca: sostener.
Su vida siempre ha sido un acto de entrega. Todos sus sueños de juventud se fueron acallando con el tiempo y las obligaciones familiares, y con los años Maruca se convirtió en el centro invisible de la casa.
Maruca tiene problemas en la cadera. El dolor empezó una mañana. Un pinchazo leve que pasó a una molestia persistente y luego se transformó en cojera. El médico lo llamó desgaste. Yo pensé en todo lo que había sostenido durante años.
Por eso, cada vez que sale a la calle no lo hace solo para ir a comprar al mercado, sino para
también desahogarse. Busca con quien hablar y que le presten aunque sea un poquito de
atención.
No escucha, porque su necesidad de ser escuchada es mayor. Porque en el fondo se siente sola y necesita ser vista, aunque sea por un ratito.

“Maruca habla mucho”, dicen las vecinas. “Antes no era así”.. Pero nadie recuerda cuando empezó exactamente. Antes preguntaba, escuchaba.. Y en algún punto empezó a hablar pasando de los comentarios pequeños a historias largas, sin pausas, sin respiración, como si detenerse significara desaparecer.
Entonces las vecinas al verla venir desde lejos cambiaban de acera o fingían prisas repentinas.
Maruca no es tonta. Lo sabe. Ella lo nota en ese momento exacto en el que alguien sonríe justo antes de escapar. En despedidas precipitadas. En los cuerpos inclinados hacia atrás mientras ella sigue hablando hacia delante.
Pero aún así continua. Porque cuando se calla, algo dentro de ella duele más que la cadera.
Hay mujeres como Maruca en todas las calles. Son esas vecinas de las que a veces huimos
sin apenas respirar. Las que parecen no escuchar porque necesitan decirlo todo.
Durante años las hemos llamado pesadas, intensas, molestas.. turras, pero pocas veces nos paramos a preguntarnos por qué hablan tanto.

Maruca pertenece a una generación de mujeres que aprendió a vivir hacia afuera: mujeres
cuidadoras que se anticipan a las necesidades de todos antes que a las propias. Mujeres que hicieron de la entrega una necesidad porque era lo que la sociedad esperaba de ellas. Nadie les
enseño a preguntarse qué necesitaban ni cuales eran sus sueños.
Y cuando la vida pasa, los hijos crecen, las rutinas se vuelven silenciosas y ya nadie las necesita del mismo modo, aparece la sensación de haber vivido para todos menos para una misma.
porque hablan demasiado. Las que te paran en la puerta del supermercado y te cuentan su vida
Y entonces hablan.
Hablan porque callaron durante años. Hablan porque ser escuchadas se convierte, sin saberlo, en una forma de seguir existiendo.
Maruca no busca conversación. Busca presencia. Un lugar donde ser vista
.
Este 8 de marzo también es para ellas: para las mujeres invisibles, las que sostienen hogares
enteros sin reconocimiento, las que hacen posible la cotidianidad sin aplausos ni titulares.
Tal vez, la próxima vez que una Maruca nos pare en la calle, podríamos hacer el ejercicio de
entender que detrás de su necesidad de hablar, quizás hay una vida entregada esperando ser
reconocida.
Maruca Turra es un personaje de ficción. Las mujeres que la inspiran, no.