Lo que la tinta entendió antes que yo

Por Sara Rodríguez.

    Hay lugares que te marcan incluso antes de que entiendas por qué. 

Yo crecí en Gran Tarajal, en el sur de la isla, donde el mar forma parte de la vida diaria. Si pienso en mi infancia, hay un lugar que aparece primero en mi memoria: el muelle de Gran Tarajal. Allí pasé horas con mis padres,  rodeada del sonido del agua, del viento y de los barcos que iban y venían, especialmente del Amaropargo. Estar a bordo era sentir que el mar también formaba parte de mi historia. Aprendí a observar, a escuchar y a disfrutar de los pequeños momentos, y sin saberlo, esa manera de mirar la vida estaba conectada con la creatividad que más tarde encontraría en el arte.

El arte siempre estuvo presente, aunque de formas distintas. De pequeña dibujaba mucho, y me fascinaba maquillarme para carnavales, inventarme disfraces de la nada. Era como crear personajes por un día, jugar con colores, formas y expresiones. Sin darme cuenta, ya estaba experimentando con algo muy parecido a lo que hoy sigo haciendo: usar el arte para transformar y expresar. Curiosamente, en mi época rebelde del instituto llegué a suspender plástica, lo que ahora me hace sonreír porque demuestra que el camino creativo no siempre es lineal, ya que acabé en la escuela de Arte Pancho Lasso en Arrecife, donde conocí amigos y artistas muy importantes en mi vida a día de hoy.

Hubo momentos que marcaron mi relación con el arte de manera especial. Siempre veía a mi hermano dibujando, concentrado y lleno de ideas, y eso despertó algo en mí. Pero un recuerdo que guardo con cariño fue en primaria, con una profesora llamada Pilar. Ella dibujaba en la pizarra los diseños de nuestras camisetas de clase. Para mí, era el momento más mágico del día: observar cómo un dibujo aparecía poco a poco, cómo cobraba vida en la pizarra, y sentir que algo dentro de mí se despertaba. Ahí entendí que el arte no solo era algo bonito de ver, sino algo que podía emocionar y unir a las personas.

Con el tiempo, sentí que necesitaba un espacio propio para crecer y mostrar todo lo que aprendía. Así nació Saradearte. El nombre llegó inspirado por un poema de Miguel Gane, donde aparecía mi nombre. Abrí una cuenta de  Instagram como un lugar para exponer mis dibujos, mis pruebas y los “dibujillos” que hacía mientras exploraba nuevas técnicas. No sabía hasta dónde llegaría, pero sí sabía que necesitaba empezar. Lo que comenzó como un pequeño espacio de experimentación se convirtió con el tiempo en algo más grande: un proyecto que reflejaba quién era y cómo quería conectar con los demás a través del arte.

Un impulso enorme para dar el siguiente paso lo recibí de la persona más importante de mi vida: mi hija Naia. Gracias a ella decidí  lanzarme a tatuar de manera profesional. Quería darle un ejemplo, demostrarle que todos los sueños se pueden cumplir si estás dispuesta a trabajarlos, a luchar por ellos y a no rendirte.

El primer tatuaje que hice fue a mi amiga Dunia. Mi mano no paraba de temblar, pero ella confió en mí. Ese gesto significó mucho más de lo que parece: comprendí que tatuar no era solo una técnica, sino también un vínculo, una confianza que se construye entre dos  personas. Desde aquel primer tatuaje, su apoyo y confianza se han mantenido hasta hoy, recordándome siempre dónde empezó todo.

Después de aquel primer tatuaje, hubo momentos que me llenaron de felicidad y aprendizaje. Aunque también muchos de miedos e incertidumbres.

Recuerdo cuando Amaya me dijo que había una camilla esperándome en su estudio. Fue una mezcla de emoción y nervios, pero también de ilusión: estaba a punto de dar un paso más grande hacia algo que siempre había soñado. 

En este camino, también he conocido a personas maravillosas, como Gema, que me ha llenado el alma con su buena vibra, y lo mucho que aprecia mi isla y mi trabajo. Su confianza y cercanía me hicieron sentir que podía avanzar y crecer mucho más de lo que jamás imaginé. 

Hoy, cuando alguien se sienta frente a mí para tatuarse, siento la misma emoción que sentí en aquel primer día. Cada tatuaje es un instante  compartido, una historia que me cuentan sin palabras. Saber que puedo acompañar a alguien en un momento significativo de su vida es un privilegio que me recuerda lo afortunada que soy por haber seguido este camino.

Y, si pudiera volver a ser la niña que jugaba en el muelle de Gran Tarajal o miraba a Pilar dibujar en la pizarra, le diría: Sigue dibujando, sigue jugando con los colores y confía en ti. Todo lo que amas hoy, de alguna forma, te llevará a donde estás destinada a estar.

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