Aprendí pronto que la fortaleza no siempre se ve, pero siempre se construye

Por María Isabel Miranda.

    Me licencié en Derecho y comencé a ejercer como abogada con 23 años. Siempre fui responsable, constante, disciplinada. Pero la fortaleza no empezó en la universidad. Empezó mucho  antes.

De pequeña sufrí una enfermedad renal muy grave. Pasé prácticamente mis primeros años de vida en un hospital. Hasta los cinco años no me dieron el alta definitiva. Crecer entre consultas médicas, incertidumbre y batas blancas te cambia la forma de mirar el mundo. Te enseña que la estabilidad no es algo garantizado y que la salud —como la vida— puede ser frágil.

Quizá por eso aprendí pronto a no dar nada por hecho. A valorar el tiempo. A no desperdiciar oportunidades.

Mi carrera profesional comenzó pasando por distintos ámbitos que me fueron forjando: trabajé en ayuntamientos, en la Agencia Tributaria Canaria, en organismos públicos vinculados al planeamiento territorial, en Hacienda, entre otros entornos que me enseñaron cómo funcionan las instituciones desde dentro y cómo se toman decisiones reales. Esa experiencia diversa me dio base, criterio y perspectiva hasta llegar, más adelante, a ocupar el puesto de área manager jurídica y de real estate en la principal empresa de retail de Canarias, reportando directamente al CEO. Aquella etapa me enseñó a pensar como empresaria, a tomar decisiones con impacto real y a entender que el derecho solo tiene sentido cuando está al servicio de una estrategia clara.

Pero había algo más que aprender.

El verdadero punto de inflexión no fue un ascenso ni un reconocimiento. Fue el nacimiento de mi hija.

Convertirme en madre me obligó a hacerme preguntas incómodas. ¿Quería estabilidad o quería coherencia? ¿Seguridad o propósito? Durante años había tenido un trabajo fijo, sólido, bien posicionado. Y también tenía un miedo real: perderlo todo si emprendía por cuenta propia.

La maternidad no me hizo más prudente. Me hizo más valiente.

Entendí que el mayor ejemplo que podía darle no era la seguridad, sino la determinación. Y decidí dar el paso. Así nació MS LEGAL GROUP, mi propio despacho. No desde la impulsividad, sino desde la convicción de que podía ejercer el derecho de una manera más personalizada, estratégica y honesta. 

Mi especialización se centró en el derecho mercantil y concursal. He gestionado más de 500 concursos y he participado tanto en la defensa del deudor como en la administración concursal. Hasta hoy, mi trabajo ha permitido exonerar más de 88 millones de euros en deudas para particulares y empresas que necesitaban una segunda oportunidad real.

Nada de esto es magia. Es estudio, rigor y estrategia. A mi formación jurídica sumé un Máster en International Business, otro en Administración Concursal y diversas certificaciones en compliance y prevención de blanqueo de capitales. También trabajé en organismos públicos y ejerzo como docente certificada a nivel nacional. Creo profundamente en un derecho comprensible, útil y honesto.

Divulgo en redes sociales porque explicar también es empoderar. De ahí nació “Un abrazo legal”, una forma de recordar que detrás de cada procedimiento hay una persona que necesita respeto, no juicio.

En 2024 y 2025 fui elegida mejor abogada de Europa y España. Recibí ese reconocimiento con gratitud, pero con los pies en la tierra. Lo verdaderamente importante no son los títulos, sino las personas que vuelven a empezar gracias a un trabajo bien hecho. 

He visto de cerca lo que ocurre cuando alguien siente que ha tocado fondo. Y también he visto cómo cambia la mirada cuando entiende que existe una salida legal, digna y posible.

Tal vez mi historia empezó en una habitación de hospital. Tal vez aprendí demasiado pronto que nada está asegurado. Pero hoy sé que las segundas oportunidades existen porque yo misma he tenido que construir las mías.

Y si algo intento transmitir cada día, como abogada y como madre, es esto: no se trata de no tener miedo. Se trata de no dejar que el miedo decida por ti.

Porque empezar de nuevo no es un fracaso. Es un acto de valentía.

Y siempre, absolutamente siempre, hay una puerta que puede abrirse.

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