Lesbiana: de lo personal a lo político.

Por Kika Fumero, activista lesbiana y feminista.

Me preguntan a menudo si alguna vez he estado en el armario o cuándo salí de él. Pues bien, la respuesta es que la comunidad LGBTI nunca se ha metido en un armario, simplemente llega el día en que tomamos consciencia y nos descubrimos dentro. El armario nunca ha sido una opción personal, sino que ha representado a lo largo de la historia una herramienta social y política de control y opresión. Lo que sí hemos hecho es tardar más o menos en salir de él, por diversos motivos, entre ellos, el miedo al rechazo y a perder los vínculos y afectos que sostienen nuestras vidas personales. Por supuesto, no hay un único armario, sino que hay tantos como espacios nos rodean: el armario familiar, el laboral, el de las amistades, el social… Y estos, a su vez, se multiplican cada día. Quienes tenemos la suerte de poder vivir libres y sin escondernos, hemos de salir cada día de una multitud de armarios que surgen en cada esquina: en las farmacias, en los bares, en los nuevos encuentros, en nuevos espacios de trabajo y un largo etcétera. Porque, mientras la presunción de la heterosexualidad siga siendo la norma, las lesbianas nos seguiremos viendo abocadas a manifestar nuestra orientación sexual si no queremos que se nos presuponga algo que no somos. 

Desde muy temprana edad me sentí atraída por otras chicas. A medida que fui creciendo, el silencio se fue instalando en mí de manera natural. Hoy en día podríamos decir que me “mutearon”: a mi alrededor se alzaron muros que parecían infranqueables y me volví invisible. Algo dentro de mí me decía que mejor callar. ¿Intuición? Más bien instinto de supervivencia. 

Tenía 11 años cuando me enamoré por primera vez de mi entrenadora de baloncesto. A los 12 nos dimos nuestro primer beso. Y ahí anduvimos 2 años besándonos, haciendo manitas e intercambiando caricias. Hasta ese momento estaba totalmente convencida de que éramos las dos únicas chicas en el mundo a quienes les ocurría aquello.

Cuando cumplí 15 años llegué al instituto por primera vez. Aún recuerdo mi entrada en el aula. Eché una vista rápida alrededor y escogí un sitio delante de una chica que me llamó la atención. En milésimas de segundos la elegí como compañera de clase y me dirigí al asiento que me esperaba vacío delante del suyo. Me senté y me giré hacia atrás. En aquel momento, las hormonas cobraron protagonismo y nos hicimos compañeras de vida durante seis años. Aprendí entonces, durante aquellos maravillosos años, que había más mujeres que se amaban, que mi entrenadora y yo no éramos las únicas. Conocí pronto la palabra “homosexual”. A los 16 años, mi padre me llamó un día a capítulo y me explicó que yo era lesbiana (palabra nueva que incorporé inmediatamente a mi vocabulario) y que no me preocupase, que todo estaba bien. Me dijo que lo único que tenía que hacer era estudiar, ser buena persona y conseguir mi independencia económica, que solo así me respetarían como lesbiana. Aquello se me grabó a fuego y me aferré a su consejo como trampolín para mi felicidad. Hoy entiendo que su razonamiento fue fruto de una lesbofobia interiorizada, pero fue la única manera con que supo protegerme ante su preocupación a que fuera juzgada y me hicieran daño 

Con el tiempo, tanto mi madre como mi padre, fueron saliendo del armario con respecto a mí ante sus amistades, familiares y resto del mundo. Sin haber contado con escuela ni referentes en que apoyarse, siempre lucharon por que yo desarrollara de la manera más saludable posible mi vida sentimental, aceptando que no me escondiera, creciendo a pasos agigantados y a un ritmo vertiginoso que yo les imponía. Soy consciente hoy del esfuerzo que en su época les tuvo que suponer, de la presión a la que yo les sometía, de la intransigencia de mi rebeldía adolescente, de las pruebas a las que les sometía en unos tiempos que no eran como los de hoy. Y, en medio de toda esta vorágine y posterior catarsis emocional, procuraron siempre que, en los altibajos de su proceso personal, yo no sintiera nunca que se avergonzaban de mí. A veces lo conseguían; otras, no tanto; pero hoy les estoy agradecida por el camino recorrido.

Mi historia es una historia común cuya protagonista bien podría ser cualquier mujer de mi edad y mi entorno. Por ello considero que compartirla es, por encima de todo, un acto de visibilidad y de justicia histórica. En mi trayectoria como activista feminista y lésbica, he intentado siempre ser coherente con mi discurso –conmigo misma-, tanto en mi esfera íntima y personal, como social y profesional. Alcanzar la coherencia total es todo un aprendizaje y, sobre todo, una opción de vida que conlleva sus riesgos, sus sacrificios, su dolor y sus propias satisfacciones. 

La lesbofobia: una sombra que nos acompaña

Ser coherente en los tiempos que corren supone en no pocas ocasiones un deporte de riesgo. Ser activista lesbiana y feminista molesta a la sociedad. Hay interlocutores que se sienten desubicados. Utilizo el masculino a conciencia, porque en su mayoría son hombres. Ser lesbiana sitúa al hombre de este sistema patriarcal en un lugar incómodo, porque nuestra sola existencia pone en jaque su masculinidad. Per se, ser lesbiana lanza a los hombres cisheteropatriarcales un mensaje implícito e inequívoco: jamás en la vida te amaré como compañero de vida y jamás te desearé, hagas lo que hagas. Por eso las lesbianas decimos que el amor lésbico es revolucionario, porque viene a romper la base de este sistema social.

Recuerdo como anécdota divertida un artículo que publicó en uno de los medios más leídos en Canarias y que escribió un periodista de relativo reconocimiento en ese sector, aventurándose a tachar de “disfuncional” el hecho de que una lesbiana pudiera ser directora del Instituto Canario de Igualdad. A estas situaciones nos enfrentamos cuando somos activistas y lesbianas visibles. Lo único que nos demuestra este tipo de anécdotas es que, si ladran, es porque cabalgamos. Y pueden dar por descontado que cada vez somo más, y que ya no hay manera de callarnos ni de volver a construir ningún armario a nuestro alrededor. 

Juntas, siempre más fuertes

El movimiento lésbico ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas. En España, por ejemplo, se han multiplicado los colectivos de lesbianas. En mi época teníamos que echar mano de la imaginación y fantasear con relaciones afectivas entre Heidi y Clara, entre la pitufina rubia y la morena, entre las Blancanieves y la Cenicienta… En la adolescencia inventábamos sueños eróticos entre las famosas de turno, las que fueran: cantantes, actrices, deportistas… Nos las ingeniábamos para satisfacer la falta de referentes que acusábamos y para sentirnos menos solas. Hasta que el feminismo llega a tu vida, descubres el movimiento lesbofeminista y comienzas a tener acceso a otros libros, a otras realidades: a esa historia que, hasta entonces, te habían robado.

Hoy en día son cientos de miles. Ni en mis mejores sueños hubiera imaginado estar rodeada de más de 800 lesbianas feministas y activistas en la 4ª Conferencia Lésbica de la ONG “Comunidad Lésbica Europea y Centroasiática” (la EL*C, de su nombre en inglés “EuroCentralAsian Lesbian* Community”), una ONG a la que he tenido el privilegio de pertenecer desde sus inicios, hace casi 10 años ya. 

Estamos organizadas para que la ultraderecha, si se acerca más, nos encuentre juntas, fuertes y preparadas para la resistencia y la revolución.

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