Por Marina Marroquí.
Si miro atrás, a mi infancia, mi película favorita era Matilda, mi serie favorita Pipi Calzaslargas, y jamás soporté lo repipi que era Heidi. Algo había ya ahí, aunque yo todavía no supiera nombrarlo.
Crecí, por suerte, en una familia que en muchos momentos me dejó ser yo misma.
Jugaba al fútbol en lugar de a las muñecas, hacía casas en los árboles, volvía a casa despeinada y llena de barro. Mis padres pronto se resignaron a que jamás aguantaría mucho tiempo peinada ni limpia.
Y, aun así, siempre tuve la sensación de ser diferente. De no ser como la mayoría de las chicas de mi edad. Siempre estuvo ese eco —social, familiar— que insinuaba que algo en mi comportamiento estaba mal.
Las cualidades que hoy reconozco como fortalezas fueron durante años mis supuestos defectos.
No era divertida e ingeniosa: era una payasa.
No tenía dotes comunicativas: era una charlatana.
No era una líder nata: era una “marimandona”. Creo que esa fue la palabra que más escuché en mi infancia.
Crecer entendiendo que tu forma de ser son defectos que debes corregir porque “las chicas no somos así” tiene consecuencias.
Durante años me callé cuando pensaba que mi opinión no era importante. Dejé de hacer comentarios por miedo a no parecer demasiado intensa, demasiado ruidosa, demasiado yo.
Es algo que todavía deberíamos preguntarnos en la educación: ¿por qué molesta una niña que pregunta mucho?
Mi madre solía decirme que no estaba bien mi forma de hablar. Mi tono. Que parecía que siempre quería tener razón.
Y recuerdo perfectamente un día. Tendría unos ocho años. Merendaba en el sofá mientras veía una tertulia política en la televisión —eso de tener canales infantiles todo el día aún no era lo habitual—. En la mesa había cuatro hombres debatiendo sobre política, actualidad, derechos. Y una sola mujer: Cristina Almeida.
Argumentaba sin pedir permiso, hablaba con firmeza, no bajaba el tono para resultar agradable. A mí me suscitó la mayor de las admiraciones.
Ese día entendí algo. No quería ser ninguna de las Spice Girls. Quería ser Cristina Almeida.
Todavía estaba muy lejos de saber qué era el feminismo o lo que significaría años después en mi vida.
El feminismo me salvó.Sufrí violencia de género entre los quince y los diecinueve años.
Y eso que yo era la que jugaba al fútbol, la del piercing en la ceja, la que iba a manifestaciones del “No a la guerra”, la que el profesorado llamaba “la Che Guevara”. La que repetía que a mí jamás me pegarían una hostia, que yo la devolvería.
Qué equivocada estaba.
Cuántas recibí. Y cuántas perdoné.
Cuánto callé creyéndome culpable de sus estallidos. Cuánto tardé en poner nombre a lo que había vivido, incluso después de las palizas.
Años después, cuando ya había sobrevivido al infierno, empecé a estudiar, a leer, a intentar entender.
¿Por qué aguanté?
¿Por qué callé?
¿Por qué perdoné?
¿Por qué volvía?
¿Por qué me sentí tan tonta?
Preguntas que siguen doliendo mucho tiempo después. Y entonces entendí que la culpa no era mía. Comprendí el sistema que normaliza y erotiza la violencia.
La sociedad que justifica el maltrato o mira hacia otro lado porque es más cómodo no implicarse en un dolor que no sabe sostener.
El feminismo me salvó. Y me hizo mejor persona. Más justa.
Pero es un proceso que te atraviesa. Que te sacude. Que lo cuestiona todo. Incluso los cimientos que creías más firmes.

El feminismo también me hizo mirar de nuevo a mi madre y a mi padre.Si me hubieran preguntado de niña, habría dicho que tuve un padre divertido, cariñoso, que dormía la siesta conmigo, y una madre amargada, siempre enfadada, limpiando entre quejas de madrugada.
Hoy veo a un hombre que tuvo tres hijos sin cambiar un pañal y vivió sin fregar un plato. Y a una mujer que montó su negocio en la puerta de al lado para poder cruzar la calle y despertarnos, prepararnos el desayuno, hacer la comida, la cena y volver a trabajar. Una mujer que nunca paraba. Mi madre no estaba amargada. Estaba tremendamente cansada. Porque el machismo no se sostiene solo en la maldad. Se sostiene, sobre todo, en la comodidad. Es muy cómodo que alguien piense por ti, que organice, que sostenga, que limpie, que cuide, que facilite tu vida.
Lo que muchos no entienden es que, para que un hombre tenga la vida tan fácil, casi siempre hay una mujer al lado complicándose la suya.
Soy feminista porque me negué a aceptar que la violencia era amor y que el cansancio era destino.
Porque no nacimos para sostener el mundo mientras nos rompemos por dentro. Y porque si el sistema necesita que callemos para mantenerse en pie, entonces hablar —alto, claro y juntas— es un acto revolucionario. No pedimos permiso. No pedimos disculpas. Y no vamos a volver atrás.
Soy feminista porque entendí que lo personal siempre fue político. Porque mi historia no era una excepción, era un patrón. Porque mi madre no estaba sola en su cansancio y yo no estaba sola en mi silencio.
Soy feminista porque ya no quiero sobrevivir: quiero transformar. Y eso implica señalar, incomodar y desmontar privilegios. No es rabia, es justicia. Y la justicia nunca fue cómoda.