Por Cristina López.
Disponer de este espacio en una revista que da voz a las mujeres es un regalo.
Y lo es porque lo que quiero compartir no es una historia de logros, sino una historia de quiebre en la que muchas mujeres pueden verse de algún modo reflejadas.
Durante años fui “la fuerte”.
La hija que podía ayudar.
La madre que sostenía.
La profesional que cumplía.
La mujer que aguantaba.
Aguanté más tiempo del que debía en una relación que me hacía profundamente infeliz, por no hacer daño, por proteger a mis hijas. Al mismo tiempo, mi padre sufrió un ictus y durante meses compatibilicé hospital, maternidad y trabajo, sosteniendo también emocionalmente a mi madre. Años antes, mi hermana había quedado dependiente tras otro ictus. Yo era la que estaba bien. La que podía con todo.
Hasta que no pude.
Tras la separación comencé de cero con mis hijas. Desde fuera parecía que todo seguía funcionando: trabajaba en la universidad, ejercía como terapeuta, organizaba eventos. Me cuidaba. Comía sano. Hacía ejercicio… pero por dentro, el estrés y la tensión acumulada habían dejado huella en mi cuerpo.

Primero fue agotamiento extremo y un profundo desequilibrio de mi microbiota.
Después llegó el diagnóstico de cáncer de mama triple negativo, dicen que el más agresivo.
A pesar del shock y del miedo, decidí sanarme de un modo natural, sin quimio ni radio, respetando mi cuerpo y buscando una sanación lo más amorosa y respetuosa posible. Fue el comienzo de una escucha profunda hacia mí misma que me llevó a realizar transformaciones radicales en mi estilo de vida y en mi camino profesional.

Fui siendo consciente de que llevaba años sobreviviendo. De que había normalizado el estrés, la culpa y la autoexigencia. De que había confundido fortaleza con resistencia permanente.
Mi proceso de sanación no fue sólo físico. Fue emocional. Fue aprender a regular mi sistema nervioso, revisar creencias y dejar de decir siempre que sí. Fue entender que el cuerpo físico es un templo sagrado que debemos cuidar y honrar cada día para poder disfrutar de una vida más plena.

Tomé decisiones que crearon un cambio profundo en mi vida.
Dejé mi trabajo estable. Profundicé en mi formación en nutrición y microbiota.
Abrí un herbolario para crear un espacio de escucha, de guía y de acompañamiento en la salud física, mental y emocional desde un abordaje natural y holístico. Ahora he abierto un nuevo herbolario para ofrecer más lugares que sean luz.

Pero el mayor regalo no ha sido profesional.
Ha sido comprender que no tengo que demostrar que puedo con todo. Que sostener a los demás no puede implicar abandonarme a mí. Que la red entre mujeres no es un discurso bonito, es una necesidad vital.
Si algo quiero compartir este 8M es esto:
Aprende a parar antes de que tu cuerpo te obligue.
Aprende a mirarte hacia dentro sin miedo.
Aprende a pedir ayuda.
No estamos aquí para ser heroínas agotadas.
Estamos aquí para vivir con coherencia, en red y con salud.
Y eso empieza por atrevernos a soltar, y dejarnos sostener y ayudar.
Cristina López Guillén – Herbolario Essencia BIO