La huella invisible de una madre

Por SARA GONZÁLEZ.

Cuando se cumplen los 60 años una cree haberlo vivido todo. Haber aprendido a despedirse, a sostenerse, a caminar sin depender de nadie. Y, sin embargo, hay ausencias que no entienden de edades, que te atraviesan igual a los 20 que a los 60. Perder a una madre es una de ellas.

Hoy escribo desde ese lugar íntimo y silencioso donde aún habita la mía. Porque si algo he comprendido en este tiempo es que una madre no se va del todo nunca.

Mi madre fue mi refugio. Lo fue siempre. En los días de incertidumbre, cuando la vida se volvía cuesta arriba, bastaba con su presencia para que todo encontrara un orden. Tenía esa

capacidad casi mágica de hacerme sentir a salvo sin necesidad de grandes palabras. Era mi escucha amable, la que sabía leer entre líneas incluso aquello que yo no era capaz de expresar.

Nunca olvidaré cómo celebraba mis logros, tanto los pequeños como los grandes. Disfrutaba de mis éxitos personales y profesionales como si fueran suyos, con un orgullo sereno, sin alardes, pero profundamente sincero. En su mirada encontraba validación, confianza y ese impulso silencioso que me empujaba a seguir adelante.

Mi madre era también ese lugar al que siempre podía volver. No importaba la edad que tuviera, ni las decisiones tomadas, ni los errores cometidos, su casa —y sobre todo su abrazo— seguían siendo ese espacio donde todo se calmaba. 

Un abrazo que no solo reconfortaba, sino que también sostenía. Y, curiosamente, también fue el paño de mis lágrimas, incluso cuando era ella quien necesitaba consuelo. Pero si hubo un papel que desempeñó con una entrega absoluta fue el de abuela. Amaba profundamente a sus tres niet@s. Con ellos se transformaba, se llenaba de una energía especial, de una alegría casi infantil. 

Disfrutaba de cada momento compartido, de cada risa, de cada historia. En su forma de mirarlos había una ternura infinita, una continuidad de ese amor que siempre supo dar sin medida. Porque si algo definía a mi madre era su generosidad. Era generosa en amor, en tiempo, en cuidado. Y lo más admirable es que nunca esperaba nada a cambio. Amaba porque sí, porque era su manera de estar en el mundo.

Hoy, ya mayor, superando los 60 años, a veces me siento un poco huérfana. Es una sensación extraña, difícil de explicar. No es la misma orfandad de la infancia, sino una más profunda, más silenciosa. Es la conciencia de que ya no puedo llamarla para contarle cómo me ha ido el día, de que no puedo escuchar su voz ni sentir su abrazo físico.

Y, sin embargo, no me siento sola.

Porque mi madre sigue estando conmigo. Está en mis pensamientos, en mis decisiones, en mi forma de mirar la vida. Comparto con ella, de alguna manera, todo lo que me ocurre. Le hablo en silencio, le cuento mis alegrías y también mis miedos. Y sé, con una certeza que no necesita explicación, que me acompaña. 

Hay momentos muy concretos en los que la siento especialmente cerca: cuando me enfrento a una decisión importante y, casi sin darme cuenta, me pregunto qué me diría ella; cuando algo me emociona profundamente y mi primer impulso sigue siendo “tengo que contárselo”; cuando la vida me regala un instante bonito y automáticamente pienso en su sonrisa. Es en esos pequeños gestos cotidianos donde su presencia se vuelve más real, más tangible.

A veces incluso me sorprendo repitiendo conversaciones en mi cabeza, imaginando sus

respuestas, su tono, su forma de relativizar lo que me preocupa. Y lo curioso es que, muchas veces, esas respuestas me traen calma, como si realmente hubiera hablado con ella. Es como sisu voz se hubiera quedado a vivir dentro de mí, acompañándome en cada paso. Está en los gestos que repito sin darme cuenta, en las palabras que ahora yo digo y que antes eran suyas.

Está en el amor que doy, en la forma en que cuido a los míos, en la manera en que intento ser para otros ese refugio que ella fue para mí. También está en lo cotidiano: en una receta que sigo haciendo como ella me enseñó, en ciertos detalles que antes me parecían insignificantes y que ahora entiendo que eran su forma de cuidar. En esos instantes sencillos descubro que su legado no está solo en los grandes recuerdos, sino en todo aquello que forma parte de mi día a día.

Por eso, aunque su ausencia física duele, su presencia permanece. Y es una presencia serena, constante, cálida. No es una presencia que pese, sino que sostiene. No es nostalgia que paraliza, sino una compañía que impulsa. Hay días en los que la echo profundamente de menos, en los que daría cualquier cosa por volver a abrazarla, pero incluso en esos momentos hay algo dentro de mí que me recuerda que no estoy desamparada.

Superando ya los 60 años he aprendido que el amor de una madre no desaparece, se

transforma. Se convierte en raíz, en memoria, en guía. Se convierte en esa fuerza invisible que te ayuda a seguir adelante incluso cuando crees que no puedes más. 

Y mientras siga viviendo en mí, en mis actos y en mi manera de estar en el mundo, mi madre seguirá aquí. Porque ahora soy yo quien lleva una parte de ella, quien la continua, quien la hace presente en cada gesto de amor, en cada palabra de consuelo, en cada abrazo que doy.

Y yo, entonces, nunca estaré sola.

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