Mujer de Sal y Azúcar

Por ZULIA GARCÍA.

Cómo podría imaginar que tendría  que expresar, con palabras, lo que mis padres han significado y cómo me han marcado desde que llegué a este universo de sensaciones? Pensándolo bien… quizá incluso antes de ver la luz por primera vez.

Mientras deliberaban si era buena idea mi llegada al mundo, yo, inquieta, me movía de un lado a otro en silencio, como si pudiera escuchar aquella incertidumbre que los envolvía. Sus dudas me rozaban como un eco lejano… y, de algún modo, también luchaba con ellas. Con la mejor de las suertes para mí, encontraron una respuesta. Y así, a los nueve meses, me vi rodeada de enfermeras, deslumbrada por la luz intensa del paritorio. Asustada, rompí a llorar con todas mis fuerzas, anunciando mi llegada a un mundo que ya me esperaba cargado de historia. Pero esa historia había comenzado mucho antes.

​En el letargo de la posguerra, mi madre —Carmen—, siendo aún muy joven y estando completamente sola, reunió un coraje inmenso para enfrentarse a la travesía más importante de su vida. No partía en busca de sueños propios, sino con una intención más grande: ayudar a su familia. Como tantas otras personas empujadas por la necesidad, dejó su tierra para aventurarse hacia lo desconocido.

Aún se respiraban los restos de una guerra sin sentido. El dolor, la escasez y las despedidas obligadas formaban parte de la vida cotidiana. Y así, con el corazón encogido, cruzó el ancho mar. Se alejaba de su isla, de ese lugar hermoso que la vio nacer. Con los ojos empañados y el alma llena de recuerdos, se adentró mar adentro hasta que el horizonte empezó a desdibujarse. Apoyada en la baranda del barco, nostálgica, no dejaba de pensar cuánto tiempo pasaría hasta volver a ver a los suyos.

La travesía fue larga. El mar, a ratos bravo, a ratos infinito. Entre mareos, fatiga y silencios, los días pasaban lentamente hasta que un día, por fin, apareció ante sus ojos la silueta inmensa de Venezuela. 

Llegó a ese lugar que prometía un futuro mejor, pero la vida no se lo regaló: tuvo que conquistarlo. Trabajó sin descanso. Aprendió a resistir, a adaptarse y a hacer de una tierra ajena su hogar. Junto a mi padre construyó una vida basada en el esfuerzo, donde no sobraba nada, pero nunca faltaba lo esencial: dignidad, generosidad y amor.

Formaron una familia y, en medio de esa vida construida a pulso, crecí yo. Crecí aprendiendo sin que nadie me lo explicara, porque mi madre no hablaba de valores… los encarnaba. Tenía una belleza que iba más allá de lo visible: era una elegancia del alma. Una mujer íntegra, protectora, capaz de dar sin medida. Su amor no hacía distinciones; acogía, unía y sostenía.

Con el tiempo, regresamos a la isla. Volvimos antes de que la vida nos pusiera frente a sus pruebas más duras, cuando aún no habían llegado las pérdidas que más tarde marcarían nuestro camino.

Y allí, donde muchos verían un final, ella supo empezar de nuevo. Nos enseñó que recomenzar no es perder, sino reinventarse.

Pero la vida, inevitablemente, volvió a ponerla a prueba. El dolor llegó sin avisar: la partida de mi hermano y, más tarde, la de mi padre, dejaron heridas profundas y silencios que pesaban más que cualquier palabra. Y aun así, nunca la vimos quebrarse del todo. Guardaba su tristeza en lo más íntimo; nos regalaba fortaleza incluso cuando, por dentro, ella era quien necesitaba consuelo.

En sus últimos años, tuve la dicha de cuidarla. Compartí con ella mi hogar, respetando siempre su independencia, porque nunca dejó de ser dueña de sí misma. Y entonces comprendí algo que siempre había estado ahí: mi madre amaba a su manera sobrenatural.

Cocinaba como quien abraza. Servía como quien agradece. Su mesa no era solo un lugar para comer; era un espacio para querer. Un día me confesó un temor:

— Mi niña querida… si algún día pierdo la memoria, lo único que me dolería sería olvidar a las personas que me ayudaron en el camino, a quienes me tendieron la mano, a quienes me regalaron cariño. Así era ella: una mujer hecha de gratitud. De sal, por todo lo vivido; y de azúcar, por todo lo que entregó.

Tuve la dicha de cuidarla hasta su último adiós. Y, como no podía ser de otra manera, se fue sin hacer ruido: discreta, serena, sin molestar… tal como había vivido siempre.

Hoy sé que no se ha ido del todo. Vive en mis gestos, en mi forma de cuidar, en cada mesa que preparo para los demás. Gracias, mamá, porque tu entrega absoluta me enseñó que el amor incondicional es el más puro que existe: ese que no pide nada a cambio y que perdura más allá del tiempo.

Fuiste ejemplo, refugio y camino. Tu esencia y tus buenas obras perdurarán hasta el infinito y más allá.

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