Por Irma Ariola Medina Cuevas. Artista multidisciplinar- poeta, pintora, ilustradora , escultora, activista cultural y Técnica Agente de Igualdad.
Desde niña supe que miraba el mundo desde un lugar muy propio. Era sensible, observadora y creativa. Me detenía en los pequeños detalles: la luz de una tarde, el movimiento del viento, el silencio de las cosas sencillas. Sin saberlo, ya estaba cultivando una mirada que con el tiempo se convertiría en parte esencial de mi forma de crear y de vivir.
Desde muy pequeña percibía otra diferencia. Mientras los niños formaban parte natural de mi entorno, las niñas despertaban en mí algo especial. No sabía ponerle nombre. Era una conexión distinta, una atención más profunda, una admiración que nacía de manera espontánea. Lo vivía con total naturalidad, desde la inocencia y la ternura propias de la infancia.
Muy pronto apareció la necesidad de expresar lo que sentía. La poesía, el dibujo, la pintura y la escultura se convirtieron en lenguajes naturales para nombrar el mundo y también para nombrarme a mí misma.
Nací en Las Palmas de Gran Canaria y crecí en la zona residencial del Monte Lentiscal, entre juegos compartidos y también momentos de introspección. Jugaba con niños y niñas, montaba en bicicleta con la pandilla y otras veces sola, porque también necesitaba esa intimidad y esa capacidad de observar y sentir. Fui la menor de siete hermanos, con un carácter independiente y un profundo sentido de la justicia. Quizá era la más rebelde, no desde la oposición, sino desde la necesidad de no callarme ante aquello que consideraba una injusticia.
Mis padres me acompañaron desde el respeto. Mi padre, muy centrado en mi formación y en mis estudios, y mi madre, desde una cercanía emocional que siempre me sostuvo.
A los diecinueve años viví una primera relación breve con un amigo cercano. Con el tiempo comprendí que formaba parte de mi proceso de descubrimiento y de la búsqueda de respuestas que muchas veces requiere tiempo.
A los veintidós años viví una experiencia significativa con una mujer. Fue un momento importante en mi vida, vivido desde la misma naturalidad con la que siempre he entendido mi forma de ser y de sentir. Mi entorno familiar percibió lo que estaba viviendo y fueron mis padres quienes me preguntaron. Yo lo viví sin necesidad de dar explicaciones, simplemente desde la coherencia con quien era. Mi padre, desde la preocupación protectora, inicialmente pensó que podía tratarse de bisexualidad, pero tras una conversación comprendió mi vivencia afectiva hacia las mujeres. Mi madre me acompañó con apoyo, cariño y el deseo de que fuera feliz.
Nunca he sentido contradicción entre ser mujer y ser lesbiana. Ambas realidades conviven en mí de forma natural. Tampoco he sentido que mi orientación afectiva me haya alejado de mi feminidad. Al contrario, siempre la he integrado como una parte esencial de mi identidad y de mi manera de estar en el mundo.
No viví mi realidad como una ruptura ni como un punto de partida, sino como un proceso natural de comprensión y de encuentro conmigo misma.

«El activismo comienza en la calle, donde la libertad se hace visible.»
Con el tiempo comprendí que la visibilidad también era una forma de compromiso. Mi activismo comenzó a pie de calle y nació de la convicción de que todas las personas merecemos vivir con libertad, dignidad y respeto.
Mi forma de amar siempre ha estado unida a la conexión emocional, a la mirada compartida, y a la afinidad profunda.
Mi trayectoria artística ha sido una extensión de mi vida. La poesía, la pintura y la escultura se convirtieron en espacios de expresión desde los que abordar el amor, la libertad, la identidad y los derechos humanos.
«Nombrar, escribir y crear también es un acto de visibilidad lésbica y dignidad humana.»
Entre dos mujeres se crea un vínculo profundo de complicidad, ternura, sensualidad y amor, donde la amistad también se convierte en hogar emocional.
Con el tiempo, el activismo a pie de calle dio paso también a un activismo cultural, donde el arte se convirtió en otro lenguaje de visibilidad y conciencia.
He vivido momentos de incomprensión, como tantas personas del colectivo LGTBIQ+ en determinados ámbitos sociales, culturales y familiares, pero nunca he permitido que eso defina quién soy.
He aprendido a vivir desde la coherencia, el respeto y la dignidad, entendiendo que la autenticidad es también una forma de libertad.

Obra: Náufraga en tu piel de mi poemario titulado así de Ediciones Aguere/ Idea
«Representar el amor entre mujeres es afirmar su existencia en la cultura y en la vida.»
El arte me ha permitido unir lo personal y lo colectivo, transformando la experiencia en lenguaje compartido y haciendo de cada obra una invitación al diálogo, la reflexión y la empatía.

«Del interior a la forma: la escultura como lenguaje de identidad.»
Hoy me quedo con una idea esencial: la libertad, el respeto y la dignidad constituyen la base de toda convivencia y de toda expresión humana.
Y si algo he aprendido en este recorrido es que la libertad no fue algo que encontré al final del camino. Fue, desde el principio, la forma en la que aprendí a caminar.
Irma Ariola Medina Cuevas
Mi más profunda agradecimiento a Gema Díaz, Directora de la revista “Masnosotras.com”, por darme la oportunidad de compartir mi experiencia de vida desde la autenticidad para conmemora el Día del orgullo LGTBIQ+