Por Nereyda Gutierrez padilla.
Nací en una familia humilde y, desde que era muy pequeña, aprendí a cuidar. Si miro atrás, me doy cuenta de que gran parte de mi infancia estuvo marcada por esa responsabilidad silenciosa de estar pendiente de mis hermanos menores, de preocuparme por el bienestar de mi familia y de sentir, incluso siendo una niña, que de alguna manera debía sostener una parte de todo aquello.
Quizás por eso, cuando me convertí en madre con 22 años, cuidar me resultó algo natural. No tuve que aprender a hacerlo porque era algo que ya habitaba en mí.
Cuando nació mi primera hija, siempre tuvimos claro que queríamos criarla en libertad. Nunca fue una “princesita” en el sentido que muchas personas esperan de una niña. Le gustaban más los superhéroes, los juegos movidos, la aventura. Vestía y jugaba con aquello que le hacía feliz, sin etiquetas ni límites impuestos.
Cuando ella tenía siete años decidimos volver a ser padres. Durante el embarazo nos dijeron que venía otra niña. Elegimos un nombre y, con él, llegaron también muchas expectativas que ni siquiera somos conscientes de tener, porque la sociedad nos las entrega mucho antes de que nazcamos.

Era una niña “machona”, como diríamos en Canarias. Como con su hermana mayor, le dejamos vestir y jugar con lo que quisiera y nunca dimos importancia a sus gustos. Pero pronto entendimos que aquello iba mucho más allá de la ropa o de los juguetes.
Antes de cumplir los tres años empezó a decirnos que era un niño. Nos pedía cortarse el pelo y repetía una y otra vez: “Soy un niño”.
Como padres, el miedo nos invadió. Miedo al desconocimiento, al futuro, a una sociedad que sabíamos que no siempre iba a ser amable con él.
Recuerdo que en aquella época le gustaba muchísimo la película de Pinocho. Vio todas las versiones que encontró. Hasta que una mañana, desayunando los cuatro juntos, cuando tenía cuatro años, ocurrió algo que jamás olvidaré.
—Mamá, siempre que vamos en el coche por la noche y veo una estrella, pido un deseo. Pero no se cumple. ¿Qué tengo que hacer?
Le pregunté cuál era ese deseo.
Entre lágrimas nos respondió:
—Mamá, deseo ser un niño.
Ese día algo cambió dentro de nosotros.
No sabíamos muy bien qué teníamos que hacer, pero sí sabíamos algo: teníamos que hacer algo.
El primer paso fue cortarle el pelo. Yo sabía que aquel corte iba a marcar un antes y un después en nuestras vidas. Recuerdo decirle a la peluquera:
—¿Puedes guardarme un mechón de pelo?
Creía que necesitaba guardar un recuerdo. Pero mientras veía caer cada mechón y observaba la expresión de felicidad y de alivio en la cara de mi hijo, entendí que aquel pelo no era un recuerdo que quisiera conservar. Era un peso que él llevaba demasiado tiempo cargando.
Aquel fue nuestro primer paso. Pero entonces llegó la gran pregunta: ¿Y ahora qué hacemos?

Así fue como conseguí el teléfono de Chrysallis Canarias y al otro lado de la línea estaba Eva Pascual.
¿Cómo explico una llamada que me abrazó?
Eva me escuchó, me entendió y se vio reflejada en mi historia, igual que yo en la suya, porque ella había recorrido ese mismo camino diez años antes.
Recuerdo una frase que nunca olvidaré:
“Entiendo tus miedos, pero la piscina está llena y les estamos esperando dentro”.
La llamaba a cualquier hora, con cualquier duda, con cualquier miedo. Un día le dije:
—No sé cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por mi familia.
Ella me respondió:
—Tranquila, algún día ayudarás tú a otras familias.
Esas palabras se quedaron grabadas dentro de mí.
Con cuatro años, mi hijo inició su tránsito social. Eso significaba algo tan sencillo y tan importante como contarle al mundo quién era realmente.

Lo hicimos con miedo. Miedo a la reacción de nuestra familia, de nuestros amigos, del colegio. Pero nunca estuvimos solos. Eva y el resto de familias de Chrysallis Canarias caminaron con nosotros de la mano.
Fuimos la última familia que Eva acompañó como presidenta de la entidad antes de dar un paso a un lado para comenzar un nuevo proyecto vinculado también a la realidad trans. Pero nos dejó algo inmenso: un legado, una familia llamada Chrysallis Canarias.
En nuestra casa no vimos otra opción que devolver todo lo que habíamos recibido. Empezamos a acudir a actos, eventos, formaciones y espacios de sensibilización. Sentíamos la necesidad de dar visibilidad a la realidad de las infancias trans y de reivindicar los derechos de nuestro hijo y de tantos otros niños, niñas y niñes.

Un año después de llegar a la entidad, pasé a formar parte de la junta directiva junto a un equipo al que admiro profundamente y al que quiero como una familia. Me gustaría nombrar especialmente a Jana Mandelik, la anterior presidenta, que durante dos años entregó una parte enorme de sí misma a este proyecto.
Tres años después de aquel primer encuentro con Chrysallis Canarias, hoy tengo el honor y la responsabilidad de ser su presidenta.
A veces pienso en aquella llamada con Eva y sonrío. Sin saberlo, aquella mujer que me sostuvo en uno de los momentos de más incertidumbre de mi vida me enseñó algo que hoy tiene mucho sentido para mí: la importancia de estar para otras familias cuando lo necesitan.
Al final, la vida siempre me ha llevado al mismo lugar: cuidar. Hoy lo hago de una forma diferente, acompañando a otras familias con la misma escucha, la misma comprensión y el mismo abrazo que un día recibimos nosotros.