“YO QUERÍA ESTUDIAR, PROGRESAR, SALIR DEL ENTORNO EN EL QUE ESTABA Y CONOCER OTRAS FORMAS DE VIDA”

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Por Loreto Moreno Moreno (Gáldar)

Me llamo Loreto y nací en Gáldar el 19 de abril de 1978. Bromeo diciendo que nací para la Constitución, que vine a poner normas y leyes en este país, donde no había democracia. Yo creo que por eso soy una de las revolucionarias de los Derechos Humanos y de la mujer. 

Me crie en el seno de una familia pobre, trabajadora, humilde y luchadora del sector primario, donde trabajaban tanto mi padre como mi madre (Antonio e Isabel), pero la autoridad, según las normas de la sociedad de la época, la ejercía el hombre, que era el que manejaba el dinero. 

Soy la menor de tres hermanas y, a tenor de la edad a la que me tuvieron mis progenitores, intuyo que fui un poco inesperada. No obstante, la mayor, que fue como una segunda madre para mí, me lleva 18 años y la otra, 13. Tengo que reconocer que mi posición en la familia propició que tuviera una serie de derechos de los que ellas no pudieron beneficiarse, ya que siendo muy jóvenes abandonaron el nido para casarse y formar su propia familia, tal y como estaba estipulado socialmente. 

Me consta que mis padres tuvieron una vida difícil, no solo por no poder estudiar, sino por experimentar una postguerra y muchas necesidades extremas. Ya casados, vivieron mucho tiempo sin agua y sin luz, lo que implicaba no contar con lavadora, termo y tantas otras cosas ahora indispensables. 

Recuerdo que, desde bien pequeñita, recorría casi 1 Km para ir a un naciente donde había agua, que necesitábamos para beber y hacer la comida, así como almacenábamos el agua de la lluvia en maretas para regar las plantas y dar de beber a los animales. 

La actividad profesional de mis padres estaba centrada en la ganadería y la agricultura, principalmente del cultivo de la cebolla, tan típica y nombrada en todas las Islas Canarias. Por ello, siempre digo que “soy cebollera cebollera”, no solo porque proceda de Gáldar, sino porque casi comí cebollas antes de tomar el biberón, y porque viví todo el proceso de la crianza, desde el cultivo de la semilla hasta que el fruto, que era lo que ganaba mi padre por la venta, llegaba a casa. 

Desde pequeña, me he criado en un ambiente machista. De hecho, fui una niña buena, tranquila y responsable, porque siempre tenía presente la autoridad de mi padre. Lo cierto es que le tenía miedo, a pesar de que era un hombre bueno, al que todo el mundo quería. Sin embargo, yo veía que la mujer tenía que trabajar más, porque lo hacía dentro y fuera de la casa, así como se encargaba del cuidado de los mayores y menores, dependiendo de las circunstancias de cada familia. Y eso, además, era lo que pretendía el hombre, es decir, que le ayudaras en el trabajo y que, paralelamente, procrearas, porque se necesitaban manos y ‘varones’ para sucederle. 

Etapa académica

Cuando iba al colegio, me daba cuenta de que no era igual que las demás, en cuanto a la educación recibida y el ambiente en el que me movía, que era de campo… ¡Es como un chip que te van metiendo durante muchos años! 

Yo no tenía casi amigas, porque no había teléfonos, tampoco iba a la plaza… Los Reyes Magos me dejaban cosas como sábanas y mantas, o, dicho de otra forma, el ajuar para casarme. 

Además, me rodeaba de gente mayor, a la que escuchaba y me empapaba de su experiencia. Y también trabajaba, porque cuando regresaba del colegio (la ida y la vuelta las hacía caminando, porque no había guaguas), me ponía a ayudar a mi madre con las tareas del hogar y con los animales. Recuerdo, además, que todos los años teníamos que raspar con una espátula toda la casa por dentro y por fuera, y la pintábamos a brocha pequeña, no con rodillo. Es más, todavía hoy en día, mi madre conserva todos los muebles de cuando se casó, gracias a lo cuidados que los tenía. 

Viendo ese panorama, no es extraño que yo tuviera claro que quería estudiar, progresar, salir del entorno en el que estaba y conocer otras formas de vida, porque no quería ser esclava de la familia y del hombre, tampoco de lo que es la tierra, que con 30-40 años, del esfuerzo que se realiza cargando peso, ya parecías una persona mayor. 

Por ello, tuve claro que, al terminar la E.G.B. iba a seguir estudiando. Fue en ese momento cuando llegué al FP de Santa María de Guía, en el que había dos ramas por las que decantarse: la administrativa y la sanitaria. Yo opté por la segunda, porque me atraía lo de “hacer por los demás”, y porque, en aquel entonces, soñaba con ser cirujana o enfermera. No obstante, así había sido toda mi vida: hacer por mis padres, por mi casa, por mi abuela…

Entonces, empecé a estudiar Auxiliar de Enfermería, donde me di cuenta que mi capacidad me iba a limitar. Yo me esforzaba, pero no sacaba notas para poder aspirar a más. En cualquier caso, he seguido formándome en muchas cosas, tanto generales (informática, peluquería, puericultura, costura…) como específicas y, la verdad, es que nunca he dejado de hacerlo, porque es una profesión que te exige estar al día y a mí, personalmente, me gusta aprender y saber de todo un poco. 

Mi profesión de servicio a los demás

Quiero romper una lanza a favor de mi profesión, tan menospreciada en ocasiones, cuando la realidad es que somos la primera cara que ve el enfermo cuando llega al hospital. En ese momento, tenemos que tener la capacidad psicológica y funcional de saber estar, de escuchar, de empatizar con él y también con su familiar. Debemos tener claro que cuando ya llegan ahí, lo hacen por un motivo de dolencia, de crispación, rabia, impotencia y urgencia… Llegan con muchos sentimientos encontrados, que, en ocasiones, no saben gestionar, porque necesitan atención médica y psicológica. En definitiva, tenemos que estar a la expectativa de todo lo que surja, porque somos un equipo. En un momento dado, tienes que hacer de todo. Es una profesión muy humana y súper digna, que se debe estudiar por devoción, porque es muy difícil sobrellevarla si no es así. 

Honestamente, creo que, en España, tenemos una Sanidad precaria, pero también es verdad que cuando recibimos pacientes extranjeros, nos damos cuenta que estamos a la cabeza de Europa, que somos la envidia del continente en este terreno, más inclinado al modelo privado. Siempre he pensado que no valoramos la Sanidad que tenemos y que hemos abusado mucho de ella. 

Mi matrimonio

Como todas las mujeres de mi entorno, parecía que nuestra meta en la vida era casarnos y formar una familia. Y yo no iba a ser una excepción. Con 14 años ya tenía novio y era mayor que yo, porque los de mi edad me parecían más niños. 

Tuve la suerte de casarme con un hombre que no era machista y que todo el trabajo, tanto el relacionado con las tareas del hogar como el correspondiente a la crianza de nuestros hijos, lo compartíamos al 50%. No obstante, puedo decir con orgullo que hemos educado a nuestros dos hijos en igualdad, haciéndoles entender que el hombre y la mujer tienen los mismos derechos y obligaciones.  

Él era cocinero, pero hastiado de las interminables horas de su jornada laboral, cambió su actividad profesional a la construcción, con tal mala suerte que sufrió un accidente laboral. A la par, mi madre también enfermó del corazón, con lo que me vi haciendo visitas a ambos en diferentes zonas. 

Reflexión 

Aconsejo a todas las mujeres que estudien, que no se conformen, que saquen su carné de conducir y que sean libres. Deben tener su propio camino de libertad, sin depender de un hombre. La mujer debe estar empoderada, salir y gritarlo, porque hemos estado calladas mucho tiempo, porque así nos enseñaban. Poco a poco hemos ido avanzando, sobre todo por aquellas que han tenido valor y han luchado. ¡No dejes de perseguir tus sueños! 

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