YO

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Por Naiara del Pino Sosa

Nací un lluvioso día de otoño, según me contaron. Desde mi más tierna infancia fui una niña sonriente y feliz, curiosa por aprender y experimentar nuevas sensaciones que me aportaran, y me ayudaran a crecer y volar.

Siempre me he caracterizado por tener y compartir una mirada sincera, una sonrisa brillante y un corazón que late por el más mínimo detalle. Dirán que por qué y cómo he llegado a esta conclusión, quizás porque después de unos años, ya cuento con 44, me conozco y me acepto tal como soy, tanto las virtudes como aquellos aspectos que puedan no ser del todo agradables para mí o para el resto de mi entorno.

Con 20 años me enamoré por primera vez. Durante años previos había conocido algún que otro amor, pero en ese momento veinteañero supe con certeza que lo anterior no había sido amor, solo “tonteos” de adolescente. Sin embargo, cuando conocí al primero, creí enloquecer. 

Mis padres siempre fueron un matrimonio feliz, respetuoso y muy cariñoso. En cualquier lugar se ofrecían muestras del profundo amor que sentían el uno por el otro, sin importarles quién los mirara o hablara a sus espaldas. Se sentían muy orgullosos de ello y por eso, no dudaban ni un segundo en compartirlo y pregonarlo a los cuatro vientos. Desde que era niña los adoré, los respeté y los admiré. Y por supuesto, soñé con ser como ellos. 

Pablo, que así se llamaba, me hizo creer que lo iba a conseguir, sin embargo, la vida, tan sabia y tan “cabrona” a veces, me demostró que me equivoqué. 

Todo comenzó siendo ideal, el mundo que toda chica quisiera vivir y experimentar (y que quizás, me hicieron creer que si no lo conseguía no lograría la plenitud ni la felicidad).

Pero al cabo de unos meses, ahora pienso y afirmo, cuando creía tenerme segura, aspecto que no sucede jamás, todo cambió. 

Comenzó a preguntarme insistentemente dónde estaba, con quién y a dónde iba. Su habitual argumento era “su preocupación por mí”, argumento que al principio me cautivó y por qué no decirlo, me enamoró. 

Posteriormente, comenzaron las repetidas llamadas de teléfono, el cuestionamiento frecuente sobre mis vestimentas y cortes de pelo (debo reconocer que soy muy coqueta). 

Luego llegó el momento de decirme “no necesitas trabajar, quédate en casa a descansar y si quieres algo, solo tienes que pedírmelo, tus deseos serán órdenes para mí”.  Esto fue lo que marcó un antes y un después, ya que siempre me he formado, siempre me han gustado los retos profesionales y continuar aprendiendo y creciendo. Así que este obstáculo que Pablo me estaba poniendo, ya me comenzó a incomodar. Por lo que intenté hablar con él, lo cual no sirvió para nada…

A partir de ahí, todo se agravó. Y llegó, sí llegó, llegó el día en que tuve que huir, todo comenzó con sutileza, sin casi ser perceptible, pero la realidad surgió y afloró. 

Su baja tolerancia a la frustración, su personalidad violenta y machista se desenmascaró. Todo ello no me hizo dudar ni un segundo más y me fui, desaparecí para no volver nunca más.

Y así comenzó mi nueva vida, una vida marcada por la calma, la serenidad y el amor propio. 

No fue fácil, pero afortunadamente, pedí ayuda a tiempo y me sentí apoyada en todo momento. 

Desde aquí, quiero compartir una serie de cuestiones que me pregunto diariamente, para que ustedes, los y las que me leen, si les apetece, se paren un segundo y reflexionen.

“¿Por qué nos hacer creer que es un sí, cuando verdaderamente queremos decir no?

¿Por qué nos intentan hacer ver que es de color negro, cuando realmente es el color blanco el que reluce por todos lados?

¿Por qué somos de una forma, pero in-conscientemente actuamos de otra?

¿Por qué, si no nos apetece hacer o ir, vamos solo por hacer feliz?

Tú eres tú, con ganas o sin ellas, con sonrisa o con tristeza, con energía o pereza, con carácter o sutileza, pero siempre tú y por eso, harás en todo momento lo que te apetezca sin más explicación ni “historietas” sin trascendencia”. 

Por ello, hoy me he perdonado. Hoy me he perdonado por no permitirme ciertos momentos, momentos necesarios para la cura de mi alma. 

Me he perdonado por decir sí cuando realmente he querido decir no, por olvidarme de mí porque sí.

Hoy me he querido más, me he amado y me he abrazado como si fuera a desaparecer para no volver jamás. 

Hoy me he repetido una y otra vez, que el ser egoísta no es malo, nadie es imprescindible, yo tampoco, por lo que si un día me voy no se va a notar, porque el mundo seguirá y seguirá su rumbo sin parar. 

Por todo ello, hoy me permito estar unas veces sola, otras acompañada. 

En unas ocasiones escondida, otras al descubierto, dependiendo del lugar y del momento.

Me miro en el espejo cada vez que quiero, sonriendo, rememorando recuerdos y reencuentros. 

Me doy la oportunidad de perderme en ellos para volverme a encontrar, cada uno con su encanto y que quizás, si me apetece, más adelante me atreveré a contar. 

De esta manera no me olvido que la vida es prestada, que hoy estamos y mañana no sabemos ni dónde ni con quién estaremos.  

Que la risa cura, y las emociones expresadas evitan todo aquellos que nos perjudica y nos lastima. 

Que a veces “hacer tonterías” forma parte de la vida, nos alegra el alma y nos ayuda a sentirnos en calma. 

Que llorar de tristeza o de alegría, también nos hace crecer y aprender.

Que una copa de vino, un baile y unas conversaciones acompañadas de sonoras carcajadas siempre vienen bien, ya sea con veinte, treinta, cuarenta o sesenta, con arrugas o sin ellas, con tacones o playeras. 

Que no se nos olvide vivir, sentir y decir todo aquello que la vida nos invite a repetir. 

Naiara del Pino Sosa

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