“VIVIENDO CON MIEDO”

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Por Mara López.

En la tarde del 5 de marzo suena el teléfono, es la policía, debo ir inmediatamente a la casa del novio de mi hija, de tan solo 16 años, porque a él se lo han llevado detenido por violencia machista. No sé si mi hija se encuentra bien o no, no me pueden dar más información por teléfono, dicen… Pero ese miedo no es nuevo, ese miedo es el que nos acompaña día y noche, y nos atormenta durante diecisiete meses. Soy incapaz de vestirme sin gritar de angustia. Mi marido tiene que subir el volumen de la tele del salón para evitar que mis hijas pequeñas me escuchen, al tiempo que llama a mi hermana para que me venga a buscar porque no puedo conducir; no sé lo que me voy a encontrar, el miedo ahora se une a la incertidumbre y el terror de no saber qué le ha podido hacer. Por mi cabeza pasan todo tipo de pensamientos, pero el que más se sostiene, el que más lógica tiene, es que, si a él se lo han llevado detenido y a ella no se la han llevado ni a un centro de salud, ni a un hospital, ni me la traen a casa, es porque no la pueden mover, porque está muerta. Mis gritos de angustia se envuelven con el llanto. Sin duda, fueron los 20 minutos más angustiosos de mi vida; el silencio ensordecido de mi hermana, mi cuñada y mi sobrina en el coche, solo era interrumpido por mis suspiros y mis alaridos de dolor. Llegamos a su casa y en la calle hay cuatro policías, mi hija “está bien”. Su pareja le ha dado una paliza y hay testigos; ella lo niega, no quiere ser explorada por el médico en el centro de salud, no quiere quitarse la ropa en casa para que no le veamos las lesiones y niega los hechos. En el juzgado no quiere declarar en contra de él, solo quiere saber si él está bien y llora, llora, llora. La psicóloga me comenta que no mentía, su cabeza se bloqueó y ella olvidó lo que le había pasado, entró en estado de shock y distorsión de la realidad. Por suerte, como hubo testigos es declarado culpable.

Pero esta pesadilla viene de atrás; llevábamos diecisiete meses viviendo con miedo, diecisiete meses desde que detectamos los malos tratos psicológicos, seis meses desde que denunciamos y advertimos al sistema de que llegarían los malos tratos físicos, seis meses esperando un juicio porque como en la denuncia anterior el joven era menor de edad pasó a fiscalía de menores y, a día de hoy, aún no se ha celebrado, seis meses esperando a que el sistema actuara y evitar lo evitable, porque esto era evitable.

Miedo, cada vez que mi hija quería salir de casa. Miedo, cada vez que llegaba. Miedo, cada vez que la veíamos llorar día sí y día también. Miedo, cada vez que veíamos cómo la tenía sometida y manipulada. Miedo, al ver que la separó de su grupo de amigos y amigas. Miedo, de ver cómo la estaba alejando de su familia. Miedo, de ver en qué la estaba convirtiendo. Miedo, de que saliera y nunca llegara. Miedo, de sus reacciones en casa. Miedo, de sus ataques de ira. Miedo, de sus mentiras. Miedo, de sus cambios de humor. Miedo, de sus chantajes emocionales. Miedo, de su tiranía. Miedo, de su irritabilidad. Miedo, de que se convirtiera en algo que ella no era.

Miedo, cada vez que lográbamos coger su teléfono móvil y descubríamos las humillaciones, los insultos, las vejaciones tremendamente graves a los que

la sometía. Miedo, al ver su reacción sumisa e indefensa. Miedo, de ver cómo recurría a la madre de él para pedirle ayuda y esta le aconsejaba que lo dejara tranquilo cuando estaba nervioso, que él la quería y que después se le pasaría. Miedo, de que yo me convirtiera en su mayor enemiga por querer sacarla de ese pozo oscuro en el que estaba metida.

Miedo, de verme sola porque nadie te entiende. Miedo, a perder mi trabajo. Miedo, a caer en una depresión. Miedo, de no dormir, de no descansar, de no parar de pensar en lo mismo, de no saber qué hacer, de no encontrar la forma de salvarla, de no saber la manera de rescatarla. Miedo a perderla para siempre. Miedo a volverme loca. Miedo a no parar de llorar. Miedo a esas noches infinitas mirando esa ventana. Miedo a cansarme, a no querer levantarme de la cama, a querer desaparecer, a querer morir, a no querer seguir.

Miedo, a tener abandonadas a mis otras hijas, a mi familia, a mis amistades… Miedo, a abandonarme a mí. Miedo, a perder todo por lo que siempre había luchado. Miedo, a no resistir.

Y veintiséis meses después seguimos viviendo con miedo. Miedo, a los traumas que se tienen que superar. Miedo, a que el sistema no avance. Miedo, a que sigamos con dos causas pendientes y a nadie le importe. Miedo, a las amenazas por redes sociales. Miedo, a las mentiras que se publican de una menor. Miedo, a la desprotección del sistema. Miedo, a las agresiones que ha sufrido este verano. Miedo, a su familia. Miedo, a que se le acabe la orden de alejamiento y aún no se hayan resuelto las causas pendientes. Miedo, a encontrármelo por la calle, o, peor aún, miedo a que ella se lo encuentre…

¿Se puede estar veintisiete meses viviendo con miedo? Se puede, se puede estar, pero al borde de la locura, con caídas, con fuertes golpes, con mucho dolor y sufrimiento. Se puede porque, al final, nunca se pierde la esperanza de que todo volverá a ser como antes, de que algún día el miedo desaparecerá, de que mi hija se recuperará y, con ella, el resto de la familia. Siempre nos queda un halo de esperanza.

Y ahora voy a sustituir el miedo por ilusión, la ilusión de ver a mi hija convertirse en una hermosa mujer, que, aunque herida, está haciendo un gran esfuerzo de superación para atravesar barreras y aprender a caminar sola con seguridad y confianza para olvidar esta tortura que le ha tocado vivir, pero que le va a servir de aprendizaje y de empoderamiento. Yo la admiro, la admiro por su bondad, pues solo quería ayudarlo, pero, por ese afán de buena persona, cayó en sus redes. La admiro por su fuerza y por su valentía de tirar para adelante y dar la cara ante esta lucha, y la admiro porque está haciendo lo imposible por recuperar su vida, que bien sabemos ambas que le está costando lo suyo. Pequeña, eres lo más valioso que tengo junto a tus hermanas y me siento tremendamente orgullosa de ti.

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