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“SI CADA UNO DE NOSOTROS CREE EN LA MAGIA DE SU CORAZÓN, EL MUNDO PUEDE CONVERTIRSE EN UN LUGAR MARAVILLOSO”

Por Cecilia Montserrat Suárez Valencia (Gáldar)

Me llamo Cecilia, nombre que le debo a mi abuela materna: Cecilita Valencia. Aunque nací en el hospital de San Roque, en el municipio vecino de Santa María de Guía, soy de Gáldar. Es más, criada debajo de las campanas de Santiago Apóstol, como dice mi madre, la archiconocida Pino Valencia Valencia.

Soy la mediana de tres hermanos, la única chica de los tres, y también la más rebelde. Fui una niña muy deseada, sobre todo por parte de mi padre, Antonio Suárez Martel, el cual se sentía muy orgulloso de que su hija fuese la primera nieta, “hembra”, de sus padres.

Pasé mi infancia en un hogar humilde, repleto de amor, respeto, tolerancia y libertad, donde, aunque no nos dijésemos a menudo que nos queríamos, siempre permanecimos unidos. Fue un hogar rodeado de dulces, ya que mi madre se dedicó profesionalmente a la repostería tradicional. Recuerdo con mucho cariño aquellas tardes cortando papel seda de colores para envolver los polvorones o cómo ayudaba a mi madre a rellenar las latas con dulces variados para su posterior venta.

Recién cumplidos los diez años, me diagnosticaron “diabetes mellitus”, lo que supuso un fuerte mazazo en aquel momento. Fue un debut súbito, angustiante, desconcertante y bastante traumático; tuve que aprender, de golpe, a manejar la enfermedad, mis emociones y mi desarrollo. Solo pude aceptar y madurar. Fueron años complicados, de altibajos, ingresos hospitalarios y tratamientos, pero siempre arropada y apoyada por mi familia.

No fui una estudiante brillante, pero siempre me he empeñado en aprender y no únicamente lo estrictamente académico. Siempre he sido una persona intuitiva, perceptiva y sensible a todo lo que me rodea, creyendo firmemente que la educación y los valores se interiorizan en el hogar.

Mi etapa de primaria la desarrollé en el colegio “Jesús Sacramentado” y bachiller y COU, en el IES “Saulo Torón”. Siempre tuve claro que quería ser periodista o trabajadora social, pero por esas cosas que ocurren en la vida, no terminé COU y pasé a hacer FPI. Realicé estudios de técnico auxiliar de enfermería y técnico de laboratorio, convirtiéndome así en trabajadora sanitaria años más tarde.

Mi primer contacto con el mundo laboral fue cara al público, como dependienta, en algunos comercios de Gáldar. También estuve al cuidado de personas mayores y niños; trabajos todos que recuerdo con gran cariño y que tanto me aportaron para mi posterior profesión.

En el año 2000, comencé a ejercer como TCAE (técnico en cuidados auxiliares de enfermería), y fue en la residencia “Genoveva Pérez”, en Barrial de Gáldar. Allí pude descubrir la importancia no solo de la atención médica, de enfermería, cuidados de higiene y alimentación, sino también de escucha, de entendimiento, de un abrazo, de un te quiero, de un mirar a los ojos y de valorar a las personas de manera global. También aprendí a no ver la vejez como una carga, sino como un regalo. A pesar del desgaste físico, pude crecer a nivel humano. Después de ocho meses en este lugar, me llamaron por primera vez del SCS y no he parado hasta 2019. He trabajado en los tres hospitales de Gran Canaria y en algún que otro CAE, pasando por diferentes plantas y servicios, los cuales me han enseñado lo mismo: quienes están en ese lado necesitan nuestra empatía, nuestro lado más humano, nuestra escucha, nuestra ayuda y nuestro apoyo y, sobre todo, que nos mostremos sensibles ante su situación.

Si tuviese que destacar un servicio, sería NEONATOLOGÍA; es un servicio que despertó toda la ternura de mi alma, que me permitió mostrarme tal cual soy y desprenderme de todo el amor que tengo en mi ser. Esos pequeños guerreros, que llegaban a la unidad con el calor de sus mamás aún en el cuerpo, hicieron que mi atención fuese plena, consciente y verdadera. Siempre estaré en deuda con estas criaturas, que, a pesar de sus dificultades, luchaban cada día por agarrarse a la vida.

Mi etapa laboral finalizó en 2019 por motivos de salud; aparte de mi diabetes, tengo alguna que otra enfermedad más y complicaciones derivadas de ellas, lo que me ha llevado a una incapacidad permanente para trabajar. Me costó aceptar esta situación, pero con paciencia, tiempo, amor y el apoyo de mi familia y amigos, lo voy asimilando.

Mi mayor, mejor y verdadero proyecto es haber formado mi propia familia: hace diecisiete años lo inicié con el que es hoy por hoy mi marido, Onofre Mendoza Vega. Hace trece años, nació nuestra única hija: GEMA, que, aunque suene a tópico, es nuestro mayor tesoro. Ellos son mi presente, mi ahora, mi apoyo y quienes dan sentido a mi día a día; me conocen tanto o más que yo. Son luz en mi oscuridad, risas en mi llanto, escucha en mis silencios y, sobre todo, los amores de mi vida.

He de decir que soy una persona algo complicada, impulsiva, soñadora, romántica y, quizás, algo ilusa; también algo desordenada, emocionalmente hablando, pero me siento orgullosa de quien soy y sobre todo de cómo soy. No tolero las injusticias, la violencia ni la mentira y procuro ser y tratar a los demás como quiero que lo hagan conmigo. Una frase que llevo a la práctica, y que mi abuela le dijo a mi madre, es: “RESPETA PARA QUE TE RESPETEN”. 

En la actualidad, y desde hace 15 años, vivo en San Isidro de Gáldar, con mi marido y mi hija… Aaah, y nuestro perro “Coby”.

En estos momentos de mi vida, solo busco estar más conmigo misma, escucharme más, valorarme más, apagar el ruido externo y encender el interno, retomar aficiones como leer, pasear y hacer manualidades, sin dejar de lado dos de mis pasiones: escribir y cocinar.

Doy gracias a la vida por ser, por estar y por tantas bendiciones recibidas a pesar del dolor, del llanto y de las decepciones de la vida. Tengo todo cuanto necesito y, sobre todo, a quien necesito en mi vida. Estoy convencida de que, si cada uno de nosotros cree en la magia de su corazón, el mundo puede convertirse en un lugar maravilloso.

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