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“NO ES FÁCIL SER UNA PROFESIONAL AUTÓNOMA Y TRABAJAR EN CULTURA, Y ES MUCHO MÁS DIFÍCIL SI ERES MUJER”

Por Gemma Quintana Ramos (Santa María de Guía)

Soy Gemma y, aunque vivo y trabajo en Santa María de Guía, la mía es una historia cargada de periplos. Inscrita como natural de Artenara, mis padres vivían en Fontanales cuando yo nací. Y recuerdo no pocas castañas y castañazos en aquellos patios floridos de las medianías. A mis cuatro añitos recalamos en La Dehesa, un barrio de Guía, en nuestra casa propia, una casa que pronto quedó cerrada mientras mi familia comenzaba una odisea que nos llevó de Arucas a Tunte, para recalar de nuevo en Guía siete años más tarde. De nuevo en casa, por fin, con algunas experiencias y cicatrices, mientras llegaban los desconcertantes años de la adolescencia. Estudié Bachillerato en el IES Guía, de donde atesoro un buen puñado de amigos y amigas, y algunas experiencias que, ahora que lo pienso, estaban vinculadas con la que sería mi carrera: la cultura. Formar parte de la parranda Cenobio, además de viajes, amigos y muchos buenos ratos, me dio cosas tan valiosas como la confianza para hablar al público, el amor por el espectáculo y el conocimiento de todo aquello que se mueve entre bambalinas. Fue en estos años de formación, cuando conocí la pintura de Frida Kalho, la música de Satie, las obras de Calderón, de García Márquez… y descubrí que me sentía muy a gusto entre palabras. 

Formé parte de la segunda promoción de licenciados en Economía de la ULPGC que, aunque pueda parecer una elección alejada de la idea original, ahora veo de qué manera ese camino me llevaría allí donde creo que pertenezco, puesto que, aunque mi primera idea era convertirme en periodista especializada en Economía, gracias a esta carrera acabaría llegando al teatro a través de la gestión y la producción. Yo había hecho teatro como amateur, y tras licenciarme y pasar seis meses en Inglaterra, volví a la isla para trabajar en producción teatral. Me di cuenta de todo lo que me quedaba por aprender en el mundo del teatro. Todo me gustaba: la escritura, la gestión, la parte artística… así que en dos años ya estaba haciendo las maletas para ir a estudiar Teatro a Barcelona y a Madrid. Lo de moverse, cuando se mama, ya no se le desprende a uno de la piel. 

Hice un Máster en la materia en la Universidad Carlos III y todo un máster experiencial trabajando como coordinadora de producción del Teatro de la Abadía. Allí aprendí mucho, vi mucho teatro y me enamoré. Volví a Canarias con un bebé (y el papá), aunque todavía me faltaba la extraordinaria aventura de pasar un año de mi vida en Buenos Aires, en medio de esa vida cultural tan inquieta y movilizadora. 

Soy de confiar en el futuro: pienso que siempre lo mejor está por llegar. Así que como gestora cultural autónoma emprendo una serie de aventuras que tienen a las artes escénicas como lugar común. Y me adentro en un espacio apasionante: el territorio del teatro para jóvenes audiencias, para niños, niñas y jóvenes, gracias al proyecto pedagógico del Teatro Cuyás, al que bautizamos con el nombre de Teatrae. Allí comencé a sentirme muy cerca de Ítaca. Educación y arte, cultura y aprendizaje, niños y teatro, forman parte de una ecuación que ha orientado mi vida y mi trabajo y que, intuyo, seguirá haciéndolo mientras pueda elegir. 

Con Teatrae, iniciábamos un camino hermoso de trabajo con compañías especializadas, autores y autoras, docentes y un público muy especial al que tenemos que darle lo mejor para alimentar su voraz apetito de experiencias y al que tenemos que escuchar porque tienen derecho al arte, la música y la expresión en todos los sentidos. Para ellos y ellas escribí en 2015 un libro titulado El teatro por dentro, un libro-sueño bellamente ilustrado por Cristina Ramos (¡sí, esa Cristina Ramos!) que se metamorfoseó luego en obra de teatro bajo el título El sueño de Max. Esta experiencia fue maravillosa, porque la sentí como una misión de vida, aprendí mucho, disfruté profundamente del proceso y pude dar rienda suelta a mi pasión: la escritura. 

Mientras, tengo la suerte de presentar y moderar unos encuentros tremendamente enriquecedores entre el público y los creadores y creadoras. En Los Jueves del Cuyás puedo conocer y dar a conocer las artes escénicas a nuestro público, un público inquieto y cada vez más crítico. También soy docente en la Escuela de Actores de Canarias, donde tratamos de impulsar la calidad de las producciones escénicas de nuestro ámbito. En las islas tenemos compañías, colectivos y profesionales que llevan a cabo un trabajo serio y riguroso y que, en muchas ocasiones, no tiene nada que envidiar a proyectos foráneos. Estoy convencida de que nutrirse de propuestas de otras latitudes es enriquecedor, pero también es importante despojarse del complejo de inferioridad y exigirse la excelencia, aquí y ahora. 

A veces me defino a mí misma como un puente. Mi mayor vocación es la de conectar intereses, vincular creación y afición, servir de canal para dar a conocer el trabajo de otros y otras, con quienes comparto el amor al arte y el valor que damos a la cultura como espacio plenamente humano. Pero también me gusta crear. Creo profundamente en la capacidad creadora del ser humano y en la felicidad que la acción de crear nos aporta. Por eso, dirigí un proyecto entre diversos centros de formación que reunió en torno a Galdós, dentro del Laboratorio Galdós, a un amplio grupo de estudiantes de cursos superiores, desde el bachillerato de artes escénicas hasta carreras técnicas como la producción o la regiduría, y artísticas como el diseño de espacios y vestuario, y la caracterización. Esta iniciativa me robó el sueño y el corazón, y me llevó a trabajar con más de un centenar de jóvenes inquietos, creativos y volcados en la tarea de cuestionar y crecer.  

Para terminar este casual recorrido por mi vida y mis intereses que me ha propuesto la revista ‘Más Nosotras’, debo decir que mis dos hijos, Jorge y Victoria, me han enseñado a respetar el tiempo de crecimiento, a alimentar la curiosidad, a observar y cultivar la paciencia y a amar el presente. Estas lecciones de vida han sido fundamentales para superar el cáncer que me diagnosticaron a los 39 años y la muerte de mi madre hace apenas tres. No es fácil ser una profesional autónoma y trabajar en cultura, y es mucho más difícil si eres mujer. Pero ahí también quiero servir de puente, para que las nuevas generaciones lo tengan no solo más fácil, sino también más justo. Y estoy convencida de que, para eso, es fundamental que tengan acceso a un discurso tan complejo e interesante como el mundo que nos rodea, que no es nuestro, no es solo de los adultos, sino de todos y todas los que lo habitamos.  

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