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“MI FACETA DE COMUNICADORA ME IMPULSÓ A INTENTAR AYUDAR A ESAS MADRES QUE, COMO YO, NO LOGRABAN ENCONTRAR UN CAMINO”

Por Carolina Pérez (Arucas)

Soy Carolina y mis 38 primaveras llegaron confinada en mi casa de Arucas, municipio en el que nací, entrevistando por teléfono a un canario residente en Madrid, quien me confesaba que volvía a “nacer” tras haber logrado superar el coronavirus. Mi profesión (soy periodista), me trajo este gran regalo el 15 de abril de 2020.

Soy contadora de historias, aunque en mi título universitario se puede leer: “licenciada en Periodismo” por la Universidad Complutense de Madrid. Mis atentas orejas me ayudan a hacer viajar al que me lee, me escucha o me ve, a través de la caja tonta al alma de quien me habla. También informo sobre la actualidad más inmediata y cercana a través de Televisión Canaria, mi casa de oficio desde el año 2009. 

Mi faceta como informadora me ha ayudado a conocer a fondo todo el Norte de la Isla de Gran Canaria; estoy enamorada de sus quesos, sus playas, sus cascos y sus rincones ocultos. También me ha dado bofetadas y azotes de realidad, poniéndome los pies en la tierra, y me ha permitido ayudar a gente. Quizás, esto último no es lo único, pero sí lo más gratificante de ejercer el periodismo: el saber que con tu profesión puedes ayudar a cambiar una situación dramática. Me pasó hace poco con Jazael Quevedo, un cocinero en ERTE, quien decidió dedicar su tiempo libre a hacer de comer para personas de su entorno a las que las ayudas gubernamentales no les estaban llegando. Empezó a hacerlo a finales de septiembre en su casa de Salinetas, en Telde, atendiendo a 12 familias. Tras contar su historia en Televisión Canaria, muchas personas se volcaron en ayudarlo, donarle comida, neveras, calderos… Incluso, el alcalde de su municipio, Héctor Suárez, le dio un local con cocina para que tuviera espacio para trabajar. Hoy día lleva en su Renault clio comida caliente a 61 familias.

Mi profesión ha forjado mi carácter y, durante muchos años, fue mi pasión y prioridad. En agosto de 2015 todo eso cambió. Nació Alejandro, mi hijo mayor, y mi vida dio un vuelco. De trabajar de sol a sol, sin importar las horas que echaba, pasé a acogerme a una reducción de jornada. Al principio, esta decisión cayó sobre mí como una loza, un yugo que me impedía moverme y progresar. Dos años después, tras pasar por una depresión postparto, comencé a  hacer deporte en casa, a grabar mis sesiones de entrenamiento, editarlas y subirlas a Instagram, donde comencé a hablar tímidamente de una realidad abrumadora: la de las madres trabajadoras, con niños demandantes, que atienden a todos y se olvidan de lo importante que es el autocuidado.

Han pasado casi cuatro años desde que puse en marcha este perfil en Instagram, he vuelto a ser madre, esta vez de una niña simpática y juguetona, y sigo predicando con el ejemplo en esta red social, que durante mucho tiempo se convirtió en mi tribu de apoyo. Allí encontré a  más madres como yo, a mujeres que se habían crecido frente a la adversidad y que encontraron en el deporte una vía de escape para volver a encontrarse y quererse.

Creo que mi faceta de comunicadora me impulsó a intentar ayudar a esas madres que, como yo, no lograban encontrar un camino, a motivarlas a través de mi propia experiencia, a decirles que de la depresión se puede salir y es reconfortante cuando una de ellas me escribe y me dice que mis palabras las han ayudado a sentirse mejor. 

Lo que comunico con mis palabras, vídeos y reportajes, tanto a nivel profesional como personal, son el granito de arena que yo aporto para que este mundo sea un poquito mejor.

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