“La clave es que no tenemos que luchar contra los hombres, sino luchar por nuestros sueños y que no nos paralicen nuestros miedos”

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Por Elena María Moreno Rodríguez  (Gran Canaria)

De pequeña quería ser policía y una mañana me desperté con un uniforme puesto de color azul. Mi sueño se había hecho realidad.

Nací el siglo pasado en Santa María de Guía y soy la más pequeña de tres hermanas. Todas niñas y yo era la que siempre estaba con mi padre. Quizás por eso me gustaban más los juegos de niños (coches, fútbol, ladrones y policías…), que jugar con muñecas. 

En un momento de mi vida, surge la posibilidad de prepararme unas oposiciones y me centro en ello, con el convencimiento y seguridad de que lo voy a conseguir. Si hablamos de 22 años atrás, aún existían reservas para ser “mujer policía”. Sin embargo, en mi mente, y menos aún en mi corazón, la palabra “no” no tenía cabida. Es por ello que puse todo el empeño, dedicación y preparación para ser la primera de mi promoción y primera también en ser la única mujer que pasaba a formar parte de una plantilla de 35 hombres. 

Si me preguntan cómo fueron mis comienzos quizás mienta, ya que volver al pasado para recordar duros momentos, no me gusta. Solo puedo decir que me tocó caminar sola en un desierto árido y sin agua. Y que gracias a todas las dificultades con las que me tropecé, debido a un machismo con la idea de que “la mujer debe estar en su casa”, a día de hoy, soy quien soy. Mi lucha dio sus frutos. Comienzos duros, en los que imponer y demostrar mi valía como mujer y como profesional, sin que dejara de luchar cada día, consiguieron que hoy me sienta orgullosa de ese esfuerzo y sacrificio, ya que, gracias a ello, y unido a diversas adversidades personales, he podido desarrollar una capacidad de resiliencia a prueba de guerra. 

No obstante, mi trabajo como mujer policía está cargado de diversas e infinitas vivencias; unas bastantes dolorosas y otras muy gratificantes. El contacto con las personas me aporta un enriquecimiento en diversos aspectos y, sin duda, poder ayudar a los demás es lo más que me reconforta de mi trabajo. En mi caso, pertenezco a una unidad dentro de la policía local dedicada a la labor social (violencia de género- doméstica, menores, mayores, inclusión social…), por lo que mi labor se centra en prestar servicio y ayudar a todas las personas menos favorecidas de la sociedad. 

He de decir, sin dudarlo, que volvería a elegir esta profesión. Es cierto que hay días que me molestan las botas y otras veces que mis caderas de mujer no aguantan el peso del cinturón con la pistola y demás herramientas de trabajo. Sin embargo, en la diversidad de los servicios que se activan a través de las llamadas a la centralita de la comisaría, siempre hay uno o varios que me inyectan mis deseos de seguir luchando por mejorar nuestra sociedad o prestar ayuda a quien en ese momento requiera de nuestra intervención policial. 

Otro factor importante, dentro de mi actividad profesional, es mi relación con mis compañeros. Actualmente, la plantilla la formamos 65 miembros y solo 3 somos mujeres. Las desigualdades no las veo por ningún lado; la única diferencia es que tenemos vestuarios diferentes (y que siga así por favor, jajajaja), porque la realidad es que respiramos cada día respeto y compañerismo. Cuando escucho decir que el problema es que no se les da la misma oportunidad a las mujeres que a los hombres, digo que es mentira. La mujer, afortunadamente, ha conseguido muchos derechos, por lo que hablar de desigualdades, solo genera un abismo entre hombres y mujeres. Y es que la clave es que no tenemos que luchar contra los hombres, sino luchar por nuestros sueños, que nada ni nadie nos frene jamás y, menos aún, nos paralicen nuestros miedos. Querer es poder, solo tienes que seguir los pasos que te lleven al lugar donde quieras estar y seas quien quieras ser.

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