Es la diversidad una cuestión natural

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Por Cleia Montesdeoca -.

Soy Cleia, hija de Pepa y de Gerardo. Me crie en el barrio de La Isleta y entre El Confital y La Puntilla pasé muchos años de mi infancia y adolescencia. Aquellas calles contenían un microcosmos de contrastes donde convivían diferentes culturas, costumbres, transgresiones y tradiciones. Aprendí desde chiquitita a asomarme al mundo por la ventana del Atlántico y a soñar mirando hacia la Bahía del Confital. Crecí en el popurrí del barrio, entre carnavales y procesiones de la Virgen del Carmen, entre la calle de La Naval y Las Coloradas, escuchando a Mary Sánchez pero también a Don Omar. Mirarme a través de La Isleta forma parte de reconocerme plural y diversa. Siempre supe que era diferente a las demás niñas, aunque aprendí a reconocerlo con el tiempo. Por ejemplo, a mí me gustaba pasar ratos con mis compañeras, pero prefería jugar al fútbol con los chicos; la única falda que me he puesto ha sido la del uniforme, porque evidentemente prefería ir en pantalones y, desde que pude, me corté el pelo y nunca más volví a dejármelo largo. También he perdido la cuenta de las veces en las que han tratado de reubicarme en las tiendas de ropa: “¿es para ti? Esta es la sección de caballeros, la de señora es allá”, o la de veces en las que entro en un baño público y me miran con caras de escrutinio para comprobar si verdaderamente están viendo lo que creen estar viendo. Si echo la vista atrás podría enumerar un sinfín de acontecimientos, deseos y experiencias que han hecho vivirme desde la periferia de lo que se espera, desde el cruce, desde la diáspora de la norma de género. Para ponerle palabras a todo esto y ver mi historia de vida con cierta perspectiva, tuve que descubrir el feminismo. Suelo decir que esta ha sido mi casa y mi brújula en aquellos momentos en donde más perdida estaba. A través del feminismo y de lo colectivo pude comprender que ni la anatomía ni el género eran destino de nada, que la masculinidad que yo encarnaba era perfectamente válida, que mi cuerpo también lo era y que no tenía que renunciar a ser tal cual soy.

Habito una corporalidad determinada y me relaciono desde la expresión masculina sin rechazar mi feminidad ni tantas otras cosas que me hacen ser quien soy. Y aunque en este “venir siendo” he coqueteado con las categorías y las siglas, hoy no hay ninguna que me defina del todo. En este momento en el que me encuentro, vivo mi experiencia de género como un caleidoscopio, como un mosaico colorido y en movimiento, creando paisajes diferentes, con matices que hoy están pero mañana quién sabe. Esta es mi particular manera de vivir el género. Sin embargo, a veces preguntada por aquella letra que más me interpela, suelo responder que la Q. Ésta viene de queer, un anglicismo que hace referencia a algo torcido, extraño o raro. En el contexto anglosajón tiene una carga peyorativa porque se utilizaba como insulto homófobo. Sin embargo, de este término se reapropia el activismo LGTBI y feminista para cargarlo con la fuerza y determinación de las reivindicaciones, estando actualmente resignificado para muchas de las personas que formamos parte del activismo por los derechos y libertades sexuales. Decía que me interpela porque la siento como un paraguas que alberga a todas aquellas experiencias de género, corporalidades y/o sexualidades que rebosan las nociones típicamente establecidas como “normales”. Siento que a través de ella puedo expresarme sin necesidad de limitarme. 

Siempre sentí interés por la comunidad, por las personas, por las culturas, por lo diferente, por las relaciones humanas… y por una cosa o por otra, acabé estudiando enfermería. Soy enfermera y desde hace muchos años me reivindico como enfermera social, porque desde que terminé he estado vinculada a este ámbito mediante proyectos de intervención socioeducativa, cuidando a la población desde ese otro lado, el social y el comunitario, para curar y aliviar aquellas heridas que generan la exclusión, el rechazo o la discriminación. Algún tiempo después cursé el Máster Oficial de Sexología y desde entonces he unido esto que me entusiasma: los cuidados y las sexualidades. Para ser honesta, también me entusiasma la educación. Tengo vocación docente porque creo en el poder de la educación como herramienta para transformar la realidad que nos acontece. Construir una sociedad saludablemente más amable e igualitaria es posible, ensanchando los márgenes para que todas las personas tengamos el derecho de ser y de expresarnos, de vivir nuestras sexualidades de manera armónica, donde no exista lugar para la discriminación ni la intolerancia. Y bueno, en esas estoy. Cuidando el jardín para que lo sembrado florezca y luzca radiante después de este invierno. 

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