“El Club Baloncesto 7 Palmas puso todo su empeño en este proyecto inclusivo”

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Por Ivon Hernández (Gran Canaria)

Me parece un poco atrevido lanzarme a contar mi historia, pero si realmente sirve para que cualquiera, joven o no tanto, se lance a vivir y a luchar por hacer realidad sus sueños, vale la pena.

Me llamo María Ivonna Hernández Reboso y nací en el año 1973 en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Me crie y he vivido siempre rodeada del amor de una familia numerosa; mis maravillosos padres, Norberto y Loli, me han regalado tres fantásticos hermanos: Berto, Irene y Rayco, con los que viví una infancia rodeada de mil y una aventuras, y con los que comparto, a día de hoy, una preciosa vida a la que se añaden mis hijos y marido, mi cuñado, dos cuñadas, mis sobrinos y sobrinas.

Con apenas siete años nos mudamos a vivir con mi adorable abuela Dolores a Escaleritas. Estudié y jugué al baloncesto durante toda mi época de estudiante, hasta que llegué a la universidad. Decidí centrarme en los estudios, teniendo claro que todo lo vivido y experimentado en las canchas de baloncesto, en algún momento de mi vida, volvería a tener protagonismo.

Estudié dos años de empresariales y alternaba los estudios con muchas experiencias de todo tipo de voluntariado, pero mis visitas los sábados por la mañana a los chicos internos en San Juan de Dios, me marcaron e hicieron que me planteara cambiar de carrera. Inicié entonces los estudios de Magisterio, en Educación Especial, y me sentí como pez en el agua. Experimentar que estudiaba para ayudar a estos niños, que me daban tanto, era una motivación extra.

Pasan los años y formo una preciosa familia. Marcos y yo tenemos tres fantásticos hijos a los que llamo cariñosamente “Mi pandilla”: María, Jorge y Mateo. Un día nuestra María, después de pasar por varios deportes, nos dice que quiere jugar al baloncesto y, detrás de ella, sus hermanos también. ¡No me lo podría creer! Ya volvía el baloncesto a mi vida, pero estaba claro que ahora mi posición era distinta. Muchas tardes pasé viendo a mis hijos jugar y sobre todo ser felices, pero algo me faltaba. Nunca vi en las canchas a mis niños, a mis alumnos; a los chicos y chicas que cada día trabajan, como los que más, para conseguir lo mínimo, y por supuesto nunca me senté en las gradas con sus maravillosas familias, madres y padres que dedican hasta las horas de su sueño a buscar solución a las mil y una dificultades con las que se tienen que enfrentar cada día… 

Hace casi tres años, mi amigo Jordi López (presidente del CB 7 Palmas) me invitó a la presentación de su nuevo proyecto deportivo: un nuevo club de baloncesto, que nacía respaldado por muchos años de experiencia y al que había decidido que mis hijos se iban a incorporar como jugadores. Nuestra huella es diferente iba a ser, y es, su lema. Por supuesto, no dudé un instante en lanzarle mi inquietud de años: si realmente quieres que “nuestra huella sea diferente” tienes que dejar que mis niños, no solo mis hijos, puedan jugar al baloncesto. Él se quedó dándole vueltas a mi frase y solo me preguntó que si mis niños eran mis alumnos de educación especial. 

A primera hora del día siguiente me llamó y nos sentamos a hablar…y, en pocas semanas, estábamos en un pabellón haciendo un entreno de tecnificación, con chicos de diferentes edades y, entre ellos, mi José. Cuánta emoción y alegría respiré ese día de todos los presentes; de mi José y de sus padres, por supuesto, de mi amigo Jordi, de cada uno de los entrenadores y jugadores que estaban participando en el entrenamiento, y la mía, que dura todavía a día de hoy. Después de esa primera toma de contacto, hubo muchas más, hasta que nació la primera escuela de baloncesto inclusivo, en el colegio La Salle Antúnez, lugar donde trabajo. 

El Club Baloncesto 7 Palmas puso todo su empeño en este proyecto inclusivo. Se implicó desde el presidente hasta el último jugador, los entrenadores se formaron, las familias se implicaron y mi sueño, del que a día de hoy no me quiero despertar, continúa escribiendo una apasionante historia. Actualmente, tenemos entrenando a unos veinticinco chicos y chicas, de 6 a 22 años, en dos escuelas inclusivas de baloncesto y estamos deseando que este tiempo de pandemia decida pasar del todo para poder llevar adelante mil unas propuestas nuevas. 

No quiero terminar este relato sin dar las gracias a mi familia que me anima, me apoya y me deja disfrutar cada día un rato en las canchas de baloncesto. A cada uno de los integrantes de la gran familia que forma el CB 7 Palmas: presidente, directores técnicos, coordinadores, entrenadores, médico, jugadores y familias que hacen posible que Nuestra huella sea realmente diferente, poniendo cada uno de su parte. Y por supuesto a este medio digital que me da la oportunidad de presentar y compartir mi experiencia.

Muchas gracias.

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