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“EL CEIP ARTENARA SIEMRPE HA SIDO UNA GRAN FAMILIA Y SE HA MIRADO MUCHO POR EL NIÑO”

Por Lucía Mendoza Henríquez (Artenara)

Hoy, 14 de diciembre de 2020, es un día que, sin duda, estará muy marcado en mi calendario vital. Y es que, después de 40 años como auxiliar de cocina del único colegio que hay en Artenara, ha llegado la hora de jubilarme. Tengo, por ello, una sensación agridulce, porque sé que echaré de menos a mi otra gran familia, pero también considero que es el momento de centrarme en mí y hacer muchas cosas que me apetecen y que, por falta de tiempo, no he podido llevar a cabo hasta ahora. 

Aunque el momento es un poco extraño por la pandemia, desde que la situación remonte, tengo la intención de apuntarme a todas las actividades que organice el Ayuntamiento de Artenara, así como quiero recorrerme la isla al menos dos veces por semana, porque hay pueblos que sé dónde están, pero que todavía no he explorado. De la misma forma, quiero visitar a mis hermanas, que residen en otras islas: una en La Palma y otras dos en Fuerteventura, y me apetece mucho pasar tiempo con ellas, porque nos encanta estar en compañía. 

Desde que recuerdo, he estado vinculada a la cocina del CEIP Artenara, ya que mi madre, María Henríquez, fue su cocinera. Por ello, me acercaba a ayudarla en los recreos y también seguí haciéndolo cuando ya había concluido mi etapa escolar. En este sentido, tengo que decir con gran orgullo que aprendí todo lo que sé de este oficio de la mejor.  

Es muy difícil para mí resaltar los mejores momentos, pues han sido 40 años en los que he visto pasar varias generaciones. No obstante, tengo sendos ejemplos de familias a las que he puesto de comer en el colegio desde el abuelo al nieto, por lo que pueden hacerse una idea de lo conocida que soy en la zona. 

A nivel general, lo que seguro que echaré de menos será el contacto con los niños y, especialmente, el diálogo con ellos, en los que les preguntaba qué les parecía la comida, lo que querían o lo que no les gustaba. Y precisamente uno ellos, Héctor, al enterarse de que se acababa mi etapa laboral, me decía: ¡Cómo te vas a jubilar si todavía eres joven! ¿No es para comérselo?

En el momento de despedirme, hay en la unitaria 11 alumnos, lo que, sin duda, refleja el hecho de que en Artenara ha bajado la natalidad y las familias se han mudado a otras zonas, ya que hemos llegado a tener hasta 140 niños. A veces miraba el comedor y me daban ganas de llorar, porque, en la época de mi madre, dábamos de comer por turnos. 

Por otro lado, los menús que se sirven en el comedor han experimentado una evolución durante todo este tiempo. No en vano, me gustaba hacer entender a los niños la diferencia entre estar bien alimentados e irse llenos. Creo que es muy importante que entiendan lo que es la comida sana, porque a nadie se le escapa que prefieren los fritos y las chucherías. Vamos, que lo de la pirámide alimentaria les suena a chino. 

En cualquier caso, no es que antes se comiera mal, sino que ha evolucionado. Es más, todavía me recuerdan ex alumnos ya adultos lo que les gustaban los macarrones y la paella. También es verdad que los productos y las materias primas ya no son las mismas que antes. Ni la necesidad tampoco, porque entonces había más que ahora. 

También quiero decir que he sido muy feliz en el colegio, porque siempre ha funcionado como una gran familia y se ha mirado mucho por el niño. Y eso ha sido gracias a la calidad humana del resto del personal, porque la verdad que coincidí no solo con excelentes profesionales, sino también con buenas personas. De ahí que el recuerdo que me llevo sea excelente desde cualquier perspectiva. 

Y es que no sé qué echaré más de menos, porque todavía estoy en una nube, pero creo que a los niños, sobre todo a los más pequeñitos, porque los ayudaba a que fueran cogiendo la rutina de los mayores. ¡Qué voy a hacer sin sus sonrisas desde la mesa o cuando te levantaban la mano para pedir más!

Por último, me gustaría contar una anécdota: hay una planta en el colegio, en el comedor, que está desde la época de mi madre. Durante el confinamiento, que estuvimos sin entrar desde marzo a septiembre, la planta se quedó allí y solo le salieron tres pisquitos verdes. Yo, con todo mi cariño, le hablaba y la regaba, y así se recuperó; ahora está muy linda. Y es que todos estos años la he cuidado, e incluso los veranos me la llevaba a casa. El caso es que ya le he dicho a la persona que me va a sustituir, Ani, con la que he coincidido todos estos días, que tiene la misión de cuidarla porque su sitio es el colegio. Es un símbolo del comedor. 

Para terminar, me gustaría dar las gracias a todo el mundo por todos estos años. Desde el personal del colegio, pasando por el alumnado y sus familias, tengo que decirles que les quiero mucho y que ha sido un honor haber compartido esta etapa con todos ustedes. ¡Gracias, gracias y gracias!  

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