“DEPENDE DE NOSOTRAS, NO HAY MÁS LÍMITES QUE LOS QUE NOSOTRAS MISMAS PERMITIMOS O NOS IMPONEMOS”

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Por Felisa Rodríguez Suárez (La Aldea)

Aldeana…. Soy aldeana, mi nombre es Felisa Rodríguez Suárez y, en ese orden me presento, ya que, naciendo a las faldas de esta imponente montaña de Los Cedros, mi identidad está más que marcada por este mágico lugar al que me siento muy orgullosa de pertenecer.

 Soy la menor de tres hermanos y tengo 42 años. Mi infancia transcurrió entre zurcos de tomateros, tajeas y corrales, ya que mi familia había vivido siempre principalmente de la agricultura y la ganadería, heredando afortunadamente de las generaciones anteriores y sobre todo de unos padres humildes y muy trabajadores, el amor por la tierra y los animales. Tal es así que aún hoy mi madre, a pesar de su edad y los achaques implacables del paso del tiempo, continúa con esa labor “arrastrándonos” al resto de la familia igualmente a ella, suponiendo el mejor ejemplo de mujer luchadora que he podido tener y en el que también se refleja afortunadamente mi hija, forjando así la idea de que no hay límites más allá de los que una misma se imponga.

Recuerdo que, al acabar en aquel entonces octavo de EGB, en la entrega final de notas, mi madre llegó a casa y me dijo que habían estado hablando con ella, y que le habían recomendado que “la niña” estudiase, pero tal vez un oficio, que lo tendría muy difícil para acceder a una carrera superior. Ahora lo recuerdo y me da risa, pero en ese momento supuso una rabia inicial muy grande que se acompañó de desánimo, para luego convertirse en el reto más importante al que me he enfrentado, ya que despertó en mí la inquietud y el deseo de demostrarme que yo sí que podía y que nadie debe marcar tu destino más que tú misma, menos basado en unas características familiares o económicas, situacionales o de género… Ahí puedo asegurar que comenzó mi lucha a favor de la libertad para tomar decisiones, para pensar diferente y alcanzar los sueños.

 A pesar de no haber hecho la matrícula por las recomendaciones anteriores, tras el verano del 92 decidí (por rebeldía debo reconocer) comenzar BUP, convirtiéndose en una de las etapas más bonitas de mi vida. La adolescencia transcurrió entre las escaleras del instituto de La Palmilla, bajo la vigilancia protectora de Manolito e Isabelita, con la ausencia de los protocolos (e incluiría sin las medidas de seguridad) que marcan hoy nuestro día a día, pero rodeada de una inocencia que lamentablemente el progreso mal utilizado nos ha arrancado. Tuve la fortuna de disfrutar de unos amigos y amigas que aún están en mi vida, aunque el tiempo y las obligaciones no nos permitan compartir tanto como nos gustaría, y al menos una vez al año nos comprometemos a continuar cuidando de esa amistad tan sincera y fuerte. Una verdadera fortuna que aquella clase en la azotea (por la que año a año iban pasando todos los COU) unió a pesar del frío, la lluvia o el calor, el más claro ejemplo de que independientemente de las condiciones que nos rodean, el afán de superación está dentro de cada persona, siendo el mejor motor para adaptarnos y modificar incluso nuestro entorno, tenga este las dificultades que tenga.

Y así, poco a poco, fui encontrando mi camino y sobre todo mi vocación, camino que me llevó hasta la Universidad de La Laguna, donde me formé en la Facultad de Psicología gracias al esfuerzo económico de mi familia y como no, a su apoyo incondicional. Finalicé mi licenciatura en 2002 y, nada más regresar nuevamente a mi querida Aldea, comencé a trabajar a la par que continuaba mis estudios de Máster en Psicología Clínica y de la Salud, con especialidad sanitaria. Primero participé en el programa de prevención de drogodependencias como educadora por los centros educativos del municipio, una experiencia enriquecedora donde descubrí lo apasionante de trabajar con niños y adolescentes, con quienes día a día continúo aprendiendo, ya que siempre que tengo ocasión me enfrasco en proyectos con estos colectivos. Posteriormente, fui directora de una Escuela Taller, para luego acceder como psicóloga al CAD durante siete años. En 2011 mi vida profesional da un giro, provocado por la fuerte crisis que atravesamos, unido a mi insatisfacción por las condiciones en las que debía trabajar desde la administración pública. 2012 supone entonces el comienzo de lo que todos y todas consideraban una locura, incluido el personal de la ventanilla única del Gobierno de Canarias, que no entendían que una mujer quisiera ser empresaria dedicándome a la psicología, ya que “mi lugar” debía estar en unas oposiciones, me recomendó…. Y nuevamente se activó la rebeldía de no permitir que nadie decidiera mis fracasos, ni siquiera mis aciertos, nadie más que yo; y me sumí en esta bendita locura que supuso la puesta en marcha de mi propia consulta, algo que hoy se ha convertido en mi mayor satisfacción, ya que ahora sí puedo desempeñar mi labor terapéutica cuidando la atención y el trato a cada una de las personas que lo requieren, sin dejar de lado la profesionalidad adquirida con tantos años de experiencia y tantos proyectos llevados a cabo gracias a la buena coordinación y colaboración con los extraordinarios profesionales con los que cuenta La Aldea en todos los ámbitos, los AMPAs, centros educativos, sociedades municipales e instituciones a nivel insular. Y como no, gracias a los aldeanos y aldeanas, así como a los residentes en los pueblos cercanos, que me han brindado su confianza en estos últimos ocho años haciendo posible que sea una realidad consolidada hoy en día el Centro de Psicología ConSenti2. 

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 Dicen que el secreto de la felicidad no está en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que se hace, y esto ha sido un mantra para mí. Cada día doy gracias a la vida por poder trabajar poniendo todo el corazón en lo que hago, con la pasión que tengo a esta profesión que me brinda la posibilidad de contribuir al bienestar de quienes me rodean, y ellos y ellas a su vez a los suyos, haciendo granito a granito que esa cadena continúe mejorando esta sociedad tan necesitada de humanidad, a pesar de las limitaciones de la distancia social. Creo que esta pandemia que padecemos con la aparición del COVID y estos meses tan duros que aún atravesamos, no dejan de ser una gran prueba para todos y todas, ya que ha venido a mover los cimientos mal establecidos de un estilo de vida que llamábamos “normal”. Profesionalmente, ha sido una prueba de fuego, sobre todo para los que trabajamos por cuenta propia como autónomos, ya que las dificultades económicas se han multiplicado enormemente y muchos han tenido que echar el cierre o están próximos a hacerlo, desgraciadamente, si nada lo remedia, más aún en las zonas rurales. Añadiría, además, la dificultad extra que todo el personal sanitario y sociosanitario también hemos padecido para el desempeño de nuestra labor que tan necesaria ha sido, conciliándolo con nuestra vida familiar sin exponer a los nuestros, lo que implicaba incluso no verlos durante semanas. Para todos y todas, unido a los profesionales del sector primario que han demostrado su vital importancia en nuestro día a día y a todo el sector de la cultura, más necesario que nunca y tan afectado por las limitaciones, va desde aquí mi más sincero reconocimiento, son el claro reflejo en el que debemos mirarnos para salir fortalecidos como sociedad unida y solidaria, profesional y personalmente. 

 Y claro, no todo iba a ser trabajar, ya que el tan necesario autocuidado en una profesión como esta requería del óptimo uso del ocio y el tiempo libre, y yo decidí usarlo para superar los problemas de timidez (quién lo diría hoy en día) que siempre me habían limitado cantar, aunque era algo que me apasionaba desde niña, pero que sólo hacía a solas. Así comenzó una aventura que me permitió descubrir experiencias maravillosas, una combinación perfecta entre la toma de conciencia de mis propias emociones y la expresión de las mismas a través de la música, una adicción de la que espero no curarme nunca. Comencé a hacer mis pinitos con la guitarra y la voz, y en una de las actuaciones que realizamos de manera altruista, en un lugar muy insólito en el que jamás había pensado si quiera cantar, se cruzaron en mi camino unos músicos excepcionales, de una calidad humana enorme que me abrieron todo un mundo de sensaciones a través de la música, una música además que desde niña conocía por las cintas de cassette que mi padre tenía en su Seat 127 de Miguel Aceves Mejías y José Alfredo Jiménez. Los ojos se me iluminaron ese día que conocí al Mariachi Peleón y mi admiración hacia ellos ha ido en aumento, ya que comenzó una colaboración que en estos años nos ha llevado a estar en muchos escenarios de nuestras islas, además de tener la suerte de guardar esos recuerdos en forma del disco que pudimos grabar en 2015.

 A partir de ahí, las colaboraciones se ampliaron de manera frecuente, en solitario o con diversos colectivos musicales del municipio, como la Sabrosa Banda o el conjunto de cuerdas “Beñesmer”, dirigido por Oribel Díaz Valencia, la Escuela de Música de Isidro Rodríguez o actuaciones diversas en días conmemorativos y fiestas patronales o de barrios. De manera muy especial, recuerdo la participación en las Fiestas de San Fernando de Maspalomas, en varias ediciones del Festival de Talentos, así como el cariño recibido cuando hemos podido actuar en las fiestas de barrios como Tasartico, Tasarte o Veneguera, sin olvidar actos como los desarrollados para conmemorar el día mundial contra el cáncer o el día Internacional de la Mujer.

El futuro se presenta a partir de todo esto con nuevos retos y el mío va claramente en dos sentidos. En primer lugar, quiero seguir contribuyendo como empresaria autónoma a poner a La Aldea y los aldeanos y aldeanas en el lugar en el que nos corresponde, sin complejos ni temores por pertenecer a una zona rural, más bien al contrario, destacando todas las fortalezas que nuestra idiosincracia nos aporta como un signo de calidad, colaborando en la promoción y facilitación a la creación de nuevas empresas como un objetivo alcanzable del que espero que mi historia sea ejemplo. Considero que con la nueva carretera se ha abierto un mundo de posibilidades para vivir en nuestro municipio con el mayor número de servicios, sobre todo sanitarios y de calidad, del que podamos disponer. Evidentemente, esto no sólo repercutirá en mejorar nuestra calidad de vida, sino que a la vez podrá favorecer el crecimiento económico y nos permitirá a nosotras y a las generaciones venideras que lo tienen aún más difícil trabajar en nuestra tierra y a la vez ser referente, sin tener que salir fuera del municipio, consiguiendo que sean incluso los profesionales los que se desplacen hasta aquí, algo que ya nos toca poder disfrutar.

Y, por otro lado, estoy ilusionada con una labor ya iniciada que espero poder retomar en cuanto el control de la pandemia sea efectivo, y es la combinación de mis dos pasiones: la psicología y la música, a través de la Musicoterapia. Ya en 2018 pudimos poner en marcha un estudio neuropsicológico en las residencias de mayores de La Aldea y Artenara con excelentes resultados en el uso de la musicoterapia con nuestros mayores que denominamos “Al Son de mis Recuerdos”. Espero y deseo que pueda volver a convertirse en una realidad, así como poder generalizarlo a otros sectores de la población, como personas con necesidades especiales o población infantil. Supone todo un reto conseguir la accesibilidad a este tipo de acciones terapéuticas, preventivas o indicadas, necesidades que indudablemente quedarían cubiertas en gran parte con el uso de la música como medicina para el cuerpo y el alma. Y ya saben, siempre que tengamos un reto ante nosotras debemos hacer todo lo posible por superarlo y alcanzar nuestro sueño, solo depende de nosotras, no hay más límites que los que nosotras mismas permitimos o nos imponemos, así que hagámonos visibles y demostremos que cada vez somos una sociedad realmente más igualitaria, y sobre todo más nosotras, como esta magnífica revista a la que agradezco enormemente la invitación y oportunidad para compartir experiencias y hacernos escuchar.

Por cierto, recuerden: Aldeana, soy una mujer aldeana, así con la A mayúscula que merecen las mujeres de mi pueblo que tanto me representan. Espero que no se pierda nunca nuestra esencia ni nuestras raíces, recordar de dónde venimos para marcar con paso firme hacia dónde vamos, agradeciendo lo aprendido de nuestras antecesoras que nos marcaron el camino. 

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