Por Abraham A. Ramos Viera. Psicopedagogo.
Crecí en los años ochenta. En aquel mundo no había internet, ni redes sociales, ni espacios donde buscar respuestas a determinadas preguntas. Pero había algo aún más importante: la diversidad apenas existía en las historias que nos contaban.
No estaba en las aulas, ni en los libros de texto, ni en las series de televisión o en las películas. Existía una forma de familia, una forma de amar y una forma de entender la vida. Aquella era, sencillamente, la realidad en la que crecimos muchos de nosotros.

Por eso, cuando empecé a descubrir quién era, me encontré con una sensación difícil de explicar. No era solo miedo o vergüenza. Era, sobre todo, soledad.
Sentía cosas para las que no tenía palabras y me hacía preguntas para las que no encontraba respuestas. Miraba a mi alrededor y no veía a nadie que se pareciera a mí. No había referentes, ni ejemplos, ni historias en las que reconocerme. Y cuando un niño o una niña no encuentra ningún reflejo de sí mismo en el mundo que le rodea, termina pensando que quizá el problema está en él.
Con el paso de los años he comprendido algo importante: lo más difícil no fue descubrir quién era. Lo más difícil fue hacerlo en soledad.
Durante mi adolescencia comenzaron a aparecer pequeños cambios. Algunas series de televisión empezaron a mostrar tímidamente personajes homosexuales. Hoy pueden parecer representaciones modestas o incluso imperfectas, pero para muchos de nosotros significaron algo enorme.

Por primera vez podíamos ver que existían otras formas de vivir, de amar y de construir una vida. Por primera vez descubríamos que no éramos los únicos. Aquellos personajes no cambiaron quiénes éramos. Lo que hicieron fue algo mucho más importante: ayudarnos a entender que no había nada malo en nosotros.
Por eso siempre he defendido la importancia de la educación, de la cultura y del arte. No porque tengan que decirle a nadie cómo debe ser, sino porque tienen la responsabilidad de reflejar la diversidad que ya existe en nuestra sociedad.
Porque los referentes no crean realidades. Las hacen visibles.
Y cuando una realidad se hace visible, deja de ser una carga secreta para convertirse en una posibilidad. Una posibilidad de comprenderse mejor, de aceptarse antes y de recorrer el camino con menos miedo y menos culpa.
También sería injusto contar esta historia sin hablar de las personas que hicieron el camino más fácil.
Tuve la enorme suerte de contar con el apoyo incondicional de mi familia. Nunca dejaré de agradecer la comprensión, el cariño y la aceptación que encontré en casa cuando más lo necesitaba.

Y, de manera muy especial, pienso en mis abuelas. Ellas crecieron en una época muy distinta, con unas creencias y una forma de entender el mundo que poco tenían que ver con la sociedad actual. Sin embargo, cuando la realidad llamó a su puerta, cuando dejaron de hablar de ideas abstractas para hablar de su nieto, fueron capaces de abrir su corazón y aprender.
Con ellas comprendí algo que me ha acompañado toda la vida: que el amor tiene una enorme capacidad para transformar a las personas. Que muchas veces el progreso no empieza en las instituciones ni en los grandes discursos, sino en la decisión de alguien de querer más a una persona que a los prejuicios que le enseñaron.
Por eso, cuando miro atrás, recuerdo las dudas y la soledad, pero también recuerdo el cariño. Recuerdo una familia que estuvo ahí, un pueblo, Gáldar, en el que siempre me he sentido profundamente integrado y respetado, y una comunidad que ha sabido evolucionar para entender con naturalidad que la diversidad no es una excepción, sino una parte más de la vida.
Con el paso de los años comprendí que aquella experiencia no solo formaba parte de mi historia personal. También había influido profundamente en la forma en la que entiendo el mundo y en los valores que intento defender cada día.

Mi vocación por la educación, mi compromiso con la igualdad y mi implicación social nacen, en parte, de aquel niño que durante mucho tiempo buscó referentes sin encontrarlos. Por eso encontré en el PSOE un espacio coherente con esos valores. Un partido que ha desempeñado un papel fundamental en algunas de las conquistas sociales más importantes de nuestro país y que ha contribuido decisivamente a que hoy muchas personas podamos vivir con más libertad, más derechos y más visibilidad.
En ese camino también descubrí referentes que demostraron que era posible transformar la sociedad desde el compromiso y la acción política. Personas como Pedro Zerolo, cuya lucha por la igualdad y cuya contribución a la conquista del matrimonio igualitario ayudaron a que muchas personas pudiéramos vivir con más libertad, más dignidad y más visibilidad.

Aquel niño que durante tanto tiempo buscó referentes sin encontrarlos difícilmente habría imaginado dónde le llevaría la vida. Hoy tengo la oportunidad de formar parte del gabinete del Delegado del Gobierno de España en Canarias, una responsabilidad que me permite conocer realidades muy diversas y acercarme a personas, colectivos e instituciones que trabajan cada día por construir una sociedad más justa, inclusiva y respetuosa con la diversidad.
Uno de los momentos que más me ha marcado durante esta etapa fue participar en los actos celebrados en Tefía, en Fuerteventura, tras su declaración como Lugar de Memoria Democrática. Caminar por aquel espacio y conocer las historias de quienes fueron perseguidos, represaliados y humillados por ser quienes eran me hizo comprender aún mejor el valor de los derechos conquistados y la responsabilidad que tenemos de seguir defendiéndolos.
A veces hablamos de igualdad, diversidad o libertad como conceptos abstractos. Pero en Tefía entendí que detrás de cada derecho hay historias reales de sufrimiento, de resistencia y de personas que tuvieron que soportar una soledad mucho mayor que la que vivieron generaciones posteriores como la mía.

Quizá una de las mayores conquistas del Orgullo sea precisamente esa: que las nuevas generaciones tengan menos miedo, menos culpa y menos soledad de la que tuvimos muchos de nosotros.
Ese es el mundo que deseo ayudar a construir. Un mundo en el que ningún niño ni ninguna niña vuelva a pensar que hay algo malo en quien es. Un mundo en el que todas las personas puedan reconocerse en las historias que les rodean.
Porque descubrirse a uno mismo ya es un camino suficientemente complejo. Nadie debería tener que recorrerlo sintiéndose solo.