Donde nace la fuerza

Por LOLI GUEDES.

Hay historias que no empiezan en lugares fáciles. Historias que nacen entre la sal, el viento y la incertidumbre. La de mi madre, Águeda Socorro Santana, es una de ellas.

Nació en el seno de una familia de pescadores, en las chabolas de la playa de Melenara, donde la vida no daba tregua y crecer significaba, muchas veces, dejar de ser niña demasiado pronto.

Se quedó huérfana con tan solo nueve años. Nueve. Una edad en la que otros aún están aprendiendo a jugar, ella ya aprendía a sostener.

A cuidar. A hacerse responsable de lo que la vida le puso delante. Entre hermanos, entre ausencias, entre silencios, mi madre creció sin apenas escuela, pero con una enseñanza mucho más profunda: la de la vida.

Aprendió a leer y a escribir por sí sola, a coser en talleres donde el tiempo se medía en esfuerzo, y a salir adelante sin que nadie le explicara cómo hacerlo.

Porque hay mujeres que no necesitan guía… se convierten en camino.

Muy joven conoció a mi padre, Rafael Guedes Socorro. Y en él encontró amor, refugio, hogar.

Juntos formaron una familia, trajeron al mundo a cinco hijos y construyeron, con lo que tenían, una vida llena de sentido. Pero la vida, a veces, vuelve a poner a prueba a quienes ya han resistido demasiado.

Mi madre se quedó viuda a los 48 años. Con cinco hijos. Con una vida entera por sostener. Y entonces volvió a hacer lo que siempre había hecho:seguir. Sacó fuerzas de donde no las había, se convirtió en el pilar que no se rompe, en la presencia que no falla, en ese lugar al que siempre se puede volver.

Yo no recuerdo haberla visto caer. Si lloró, lo hizo en silencio, a escondidas, lejos de nosotros. Porque incluso en el dolor, eligió protegernos.

Ha sido una mujer fuerte, sí. A veces dura. Pero la dureza también nace de la vida que ha tocado vivir. De no haber tenido a nadie que te enseñe, de aprenderlo todo sola, incluso a ser madre.

Y, sin embargo, lo hizo bien. Muy bien. Nos crió en la honradez, en el respeto, en valores que hoy siguen latiendo en cada uno de nosotros. Nos enseñó sin palabras que la dignidad no se negocia, que el amor se demuestra cuidando y que la vida, por difícil que sea, siempre se enfrenta de pie.

Fue profundamente feliz con mi padre. Y ese amor fue tan grande que no ha querido volver a compartir su vida con nadie más. Porque cuando el amor es de verdad, no se sustituye… se honra.

Hoy, con 76 años, Águeda Socorro Santana

sigue siendo esa mujer incansable, pendiente de todos, presente, cercana, firme.Sigue cuidando, acompañando, sosteniendo. Como lo ha hecho siempre.

Y si algo tengo claro en esta vida es que, si volviera a nacer y me dieran a elegir, la volvería a escoger. Porque mi madre no solo me dio la vida. Me enseñó a vivirla.

Y como ella, hay tantas madres en el mundo… mujeres que han sostenido familias enteras en silencio, que han renunciado, que han resistido, que han amado sin medida. Mujeres que no siempre han sido vistas, pero que han sido imprescindibles.

Este no es solo un homenaje a mi madre, Águeda Socorro Santana. Es un homenaje a todas ellas. A las que estuvieron. A las que están. Y a las que, incluso sin saberlo, nos enseñaron lo que significa ser hogar.

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