Por María Dolores Guedes Socorro.
Me llamo María Dolores Guedes Socorro. Nací en 1972 y crecí en una época en la que hablar abiertamente de orientación sexual no era fácil.
El camino para aceptarme y vivir con libertad estuvo lleno de dudas, miedos, aprendizajes y también de personas que me tendieron la mano cuando más lo necesité.
Esta es una parte de mi historia.
Mi historia no empezó el día que dije en voz alta que era lesbiana.
Empezó mucho antes.
Yo empecé a darme cuenta de que mis sentimientos eran diferentes durante la adolescencia. Como muchas personas, tuve profesoras y profesores que admiraba profundamente.
Personas que se convertían en referentes, que te hacían sentir escuchada, valorada y comprendida.
Recuerdo especialmente a una profesora. No tenía las palabras para explicar lo que sentía, pero sí sabía que aquello era diferente. Mientras otras compañeras hablaban de novios, de casarse o de formar una familia, yo no me veía reflejada en esos sueños.

Me sentía distinta.
No mejor ni peor. Distinta.
Me crié en la playa de Melenara. Mis mejores recuerdos son los veranos jugando al fútbol hasta que caía el sol.
Me sentía cómoda con las amigas que compartían mis aficiones, mis inquietudes y mi forma de ver la vida.
Con otras personas me costaba más encajar porque sus conversaciones, sus ilusiones y sus proyectos eran diferentes a los míos.
Durante mucho tiempo pensé que el problema estaba en mí.
Pensé que era rara.
Pensé que había algo que no estaba bien.
Con los años descubrí que simplemente era yo.
Pero aceptarme no fue fácil.
Para mi madre fue muy difícil entender mi orientación sexual. Vivimos años complicados. Hubo castigos, incomprensión, menosprecio, insultos y momentos muy duros que dejaron huella en mí.

Hoy puedo hablar de ello sin rencor, porque también entiendo que mi madre era hija de su tiempo, de una educación muy diferente y de una vida marcada por circunstancias muy difíciles. Se quedó huérfana siendo una niña y la forma en que entendía el mundo estaba condicionada por la época que le tocó vivir.
Eso no borra el dolor que viví, pero me ayuda a comprender muchas cosas.
Porque tampoco ella tiene la culpa de ser como es, como tampoco la tengo yo de ser quien soy.
Entre los 16 y los 23 años atravesé una etapa especialmente difícil.
Sin embargo, tuve la enorme suerte de contar con una persona que nunca dejó de creer en mí: mi padre.
Mi padre fue mi refugio.
Fue quien me tendió la mano cuando más lo necesitaba. Quien me recordaba que yo no estaba enferma, que no había nada malo en mí y que no tenía que avergonzarme de quien era.
También mis hermanos y hermanas fueron un apoyo fundamental. No necesitaron que les explicara nada. Vivieron conmigo aquellos años difíciles y fueron testigos de muchas de las situaciones que atravesé. Sin embargo, nunca me juzgaron ni me hicieron sentir diferente.
Al contrario.
Me abrieron su corazón, me tendieron la mano y me hicieron sentir que seguía siendo la misma persona a la que siempre habían querido.
Con ellos entendí que el amor de una familia no debería depender nunca de a quién ames, sino de quién eres como persona.
Su apoyo me dio fuerza para seguir adelante en momentos en los que me sentía sola y me ayudó a comprender que no tenía nada de lo que avergonzarme.
A los 23 años me independicé. Trabajaba, estudiaba y pude comprar mi vivienda. Aquel día no solo me mudé de casa.
Aquel día empecé a construir mi libertad.
Por primera vez sentí que podía vivir sin miedo.
Que podía entrar y salir sin explicaciones.
Que podía tomar mis propias decisiones.
Que podía empezar a ser yo.
Tres años después perdí a mi padre. Tenía solo 53 años.
Su muerte dejó un vacío enorme en mi vida, pero también me dejó uno de los regalos más importantes que he recibido jamás: la certeza de haber sido amada y aceptada incondicionalmente.
Antes de fallecer, le pidió a mi madre que dejara atrás sus prejuicios y que me aceptara tal y como era. Le dijo que algún día entendería que la única persona que nunca la abandonaría sería yo.
Y no se equivocó.
Hoy sigo al lado de mi madre y seguiré estándolo mientras me necesite.
Porque el amor también es capaz de sobrevivir a las heridas.
La libertad que sentí cuando dejé de esconderme es algo que nunca olvidaré.
Nadie debería vivir con miedo a ser quien es.
Nadie debería sentirse encarcelado por el qué dirán.
Mi primera relación llegó a los 27 años. Desde entonces he tenido relaciones largas y serias, he amado, he aprendido, he sufrido, he sido feliz y he seguido creciendo como persona.
Y hoy, aunque no tenga pareja, me siento en paz.
Estoy satisfecha con la vida que he construido, con las personas que han formado parte de ella y, sobre todo, con la mujer en la que me he convertido.
Porque después de tantos años buscando aceptación fuera, aprendí algo fundamental:
La primera persona que debía aceptarme era yo misma.
Y el Orgullo, para mí, significa exactamente eso.
No sentir vergüenza.
No esconderse.
No pedir perdón por existir.
Y tender la mano a todas aquellas personas que todavía están recorriendo ese camino para que sepan que no están solas.
Para que cualquier persona que se sienta diferente, incomprendida o con miedo a mostrarse tal y como es, sepa que merece vivir en libertad.
Porque nadie debería sentir vergüenza por amar, por sentir o por ser quien es.
Si mi experiencia sirve para que una sola persona deje de sentirse sola, entonces habrá merecido la pena contarla.
Vivir en libertad no debería ser un privilegio.
Debería ser un derecho para todas las personas.