“En el Siglo XXI, relatos de enfermer@s de guerra en una Sindemia, mal llamada Pandemia”

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Por Natalia Lorenzo Guelmes (Canarias)

Una enfermera en Canarias, empezaba su andadura profesional en julio de 1993. Recordaba la puerta de la UVI del Hospital Universitario de Canarias, de pronto y, por un momento, le pareció la puerta del cielo. Todo pasó muy deprisa, llegó hasta el puerto de La Gomera, habiendo pasado antes por su tierra, La Palma. Descubriendo que era “enfermera de pueblo”, una vocación que desarrollaba a base de hacer consultas de Atención Primaria, Pediatría y Atención Domiciliaria. Donde no llegaba el transporte público, con una bicicleta o un simple turismo, llegaba la Sanidad Pública. Transitaba una enfermera en “Los Altos de Guadá”. 

Pasaban los días en La Gomera y caminando desde El Caidero, en Valle Gran Rey hasta el Guro, rememoraba en su cabeza las historias de esas enfermeras de la Segunda Guerra Mundial o las de brujas del Siglo XVI. Al fin y al cabo, historias de enfermeras que cuidaban de una población que enfermaba y que adolecía de cualquier sistema sanitario imaginable. No fueron bastantes las tardes de lluvia y llegar empapada a esos domicilios veredas arriba, veredas abajo. Ella quería saber, conocer, aportar, formarse; sabía que todo empezaría a desarrollarse a la velocidad de la luz.

Sería madre no dejándose llevar por la desidia, había que seguir vistiéndose de blanco y sobre su pecho, en el lado izquierdo, un símbolo que emulaba a la bandera de Canarias. Una tierra y un sentir “que se sabía libre”. Libre de ideologías y, con esa libertad, que se ponen los poetas por bandera. Imponiéndose a ella misma el título que dan a los amantes del arte de curar.

Pasaron añales, fatigas, muchas preguntas y compromisos nuevos… y le alcanzó la sindemia, una pandemia mal llamada. Se impusieron por todos lados los gestores de cuidados y por una vez quedaría grabado a fuego una pretensión: permanecer al lado de los clínicos e investigadores, ni por debajo ni por encima, justo al lado. 

Llegó el hastío, el dolor y el eterno cansancio de los que sufren creyendo que un tiempo pasado fue mejor y aquellos aplausos de balcones y ventanas ya no bastaban. Había que seguir mirando al cielo, la lluvia ya no estaba. Estaba ella sola con la boca y el pelo cubierto. Sus manos y su cuerpo ya no le dejaban acariciar y abrazar a sus semejantes. Había que seguir. Continuar. Había que confiar en ese Universo que porta el Ojo de Dios que todo lo ve y al que nada se le esconde.

Rendirse no estaba en los planes de contingencia, desertar no era un tratamiento y olvidar tampoco era un plan de cuidados, había que continuar, soñar; con la luz, con la paz que se apodera de “nosotras”, con la llamarada que vemos al amanecer de un saliente de guardia para correr junto a los nuestr@s.

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