Por Gema Díaz.
En memoria de una escritora cuya voz, sensibilidad y generosidad dejan una huella profunda en las letras y en la cultura canaria.
Hay despedidas que cuesta escribir. Quizá porque, al ponerlas sobre el papel, la ausencia se vuelve más real. Hoy me ocurre con Albertine de Orleans, escritora y poeta, una mujer a la que quiero recordar desde el afecto y la admiración, desde ese lugar íntimo donde permanecen quienes nos han conmovido.
Como directora de MásNosotras.com, siento la necesidad de dedicarle estas palabras. Pero, por encima de cualquier responsabilidad profesional, escribo como una mujer que se dejó seducir por su poesía y que tuvo el privilegio de escucharla hablar de aquello que amaba.
Su poesía erótica me sedujo desde el primer momento. En sus versos encontré sensualidad, belleza y una libertad que me emocionaba. Había en ellos una manera de expresar el deseo que invitaba a sentir, a reconocerse, a acercarse sin miedo a la propia intimidad. Leerla era entrar en un universo personal en el que las palabras tenían piel y los sentimientos encontraban espacio.
Albertine amaba las letras. Lo percibí en su forma de hablar de la poesía, en la emoción con la que la compartía, en ese vínculo profundo que mantenía con lo que escribía. Para ella, la palabra era parte de la vida.
Recuerdo especialmente cuando la entrevisté en mi programa de radio «A flor de piel», en Radio Teror. Me impresionó su manera de transmitir y sentir la poesía. Escucharla me permitió acercarme a la mujer que había detrás de los versos, a la sensibilidad de la que nacían. En aquella conversación, su voz me hizo comprender mejor lo que ya me había cautivado al leerla.

Ese recuerdo adquiere hoy un valor inmenso. La radio nos permite encontrarnos a través de la voz, y la suya permanece en mi memoria unida a la emoción de haber compartido aquel momento.
Tenía una elegancia soberana y un saber estar impresionante. Su belleza era extraordinaria, y también lo era su presencia: la manera de expresarse, de estar, de transmitir. Así la recuerdo, con esa distinción tan suya que despertaba mi admiración.
Pero al evocarla quiero detenerme también en su generosidad. Como creadora de ADOC en Canarias, tendió la mano a sus compañeras y compañeros escritores. Dedicó tiempo y esfuerzo a acompañar otras voces, a ofrecer oportunidades y a hacer que las letras encontraran nuevos caminos.
Hay algo profundamente hermoso en una escritora que, además de cuidar su propia obra, ayuda a que la de otras personas llegue a los lectores. Esa voluntad de compartir forma parte de su legado. La cultura crece gracias a quienes escriben y también gracias a quienes abren puertas. Albertine hizo ambas cosas.
Su fallecimiento nos deja el dolor de la ausencia y una gratitud difícil de expresar. Nos quedan sus letras, su poesía y el amor que entregó a la cultura canaria. Nos queda también la responsabilidad de seguir leyéndola, de acercar su obra a quienes todavía no la conocen y de recordar la mano que ofreció a tantas personas.
Desde MásNosotras.com, quiero despedirla con el cariño de quien fue conmovida por sus versos y por su voz.
Gracias, Albertine, por aquella conversación en «A flor de piel». Por tu elegancia, por tu sensibilidad y por tu manera de amar las palabras.
Volveré a tus poemas. Será mi forma de volver a encontrarte.
La referencia a su labor como fundadora de ADOC está respaldada por su testimonio publicado en la revista.