He descubierto que soy mucho más fuerte de lo que pensaba.

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Raquel Brito

Nacida en una familia muy pequeña, pero muy unida. Con pocos miembros, pero terriblemente eficientes, cuando nos necesitamos. Me crie con unos padres muy trabajadores, que dedicaban cada minuto de su tiempo a mí, la única niña de la familia. Siempre apoyados por los abuelos maternos, agricultores, muy trabajadores, que me enseñaron lo divertido que era pasar mañanas lavando zanahorias, recogiendo tomates y limpiando de pulgas a las nuevas camadas de gatitos que alegre y libremente nacían por allí. Aprendí a ordeñar las cabras y a criar a los baifos que repentinamente desaparecían por Navidad (siempre creí que los regalaban a otros niños que no tenían).Saboreaba una leche recién exprimida, nada parecidas a las de hoy en día. Ayudé a rellenar lecheras para los vecinos, y a comprar ropa sin ir a tiendas. La boutique del señor del camión que pasaba por las casas era la más divertida y la mejor del momento, era maravilloso perderme con soltura por el aquel furgón.

Un día mi abuela decidió anunciar que no podía más con la enfermedad que solo ella conocía y que llevaba conteniendo solo con su “fuerza interior” desde hacía tiempo. Un cáncer de mama, no tratado a tiempo, había conseguido llegar hasta sus huesos, y ella sintió que era el momento de contarlo. Esa mujer que cada día cuidaba de mí con esa dulzura de una abuela mágica, que hacía toda esa rica comida en calderos enormes, como si fuese a darle de comer a cien personas en vez de a siete, aquella mujer que hacía las mejores tortitas de carnaval y que a las seis de la mañana, ya tenía todas las planta regadas, la comida al fuego, la ropa preparada, la talega del pan con su dinero preparado y las lecheras llenas. Esa mujer que decoraba las navidades como si de la casa del auténtico Papa Noel se tratase y montaba festines de comida y polvorones como para una cena de gala. Un día esa mujer me miro y me dijo, “lo único que temo de morir, es no verte crecer. Eso es lo que realmente me da pena, no verte crecer”.

Igual fue eso, lo que avivó en mí esta forma de ser que hoy me caracteriza. Decidí y aprendí con ella que quería cuidar y sanar a las personas y por eso me hice enfermera. Me di cuenta de que esta sociedad no valora la salud, hasta que la pierde y que tememos a la muerte, ya sea padecerla, verla de cerca e incluso hablar de ella. Así que me especialice en oncología y cuidados paliativos, pues creo que es necesario enseñar a despedirnos y a hablar del momento de la muerte como un paso más. Un paso además muy importante en nuestra vida, tan importante como el nacimiento.

He descubierto con mis pacientes que todas y todos realmente desean poder despedirse con serenidad y poder decir con libertad, lo que les preocupa de su partida, lo que quieren que cuiden, lo que quieren que hagan, los “perdones”, las “gracias” y los “te quiero” que a veces se nos pasa decir. Sentir que has hecho y dicho lo necesario, para que la partida y la despedida sea sana y tranquila. Vivimos en una sociedad que vive al límite, corriendo de un lado para otro, en la que más que vivir, sobrevivimos, pocas veces nos paramos a decir “te quiero” a las personas que realmente queremos, salvo a la pareja o hijos con los que probablemente tenemos mayores oportunidades, de resto vamos y venimos llevados por la corriente, y pocas cosas nos hacen reflexionar y gestionar nuestras emociones, como lo hace por ejemplo la muerte, nos toque como nos toque.

He trabajado mucho con pacientes en los últimos días y son terriblemente enriquecedores, personas llenas de lecciones de vida y sabiduría, ojalá los escucháramos y les tuviésemos más presentes. De repente fui mama en 2019, y nuevamente en 2016, de dos niñas preciosas, y me di cuenta del presente cercano, de la sociedad que tenemos, y de lo que nos espera dentro de unos años. Y me di cuenta, de que los valores escasean, de que vivimos en una sociedad que se deja llevar por el personaje público (blogueros, youtubers, realitis, etc), donde el físico importa más que el corazón. Personas adultas que quieren continuar viviendo roles de adolescentes, donde las parejas y el amor incondicional están extinguidos, las discotecas llenas de cuarentones y cincuentones queriendo volver a su pasado y envueltos en drogas y alcohol es lo habitual y normalizado. Y pensé, que me hubiese gustado traer a estas dos niñas al mundo hace treinta o cuarenta años, donde lo sano y habitual era jugar en la calle con tu vecina, sin peligros, donde lo natural era ayudar a ordeñar cabras o jugar a las muñecas más simples del mercado, y no la necesidad de ahora de comprar la muñeca más fashion y esconderte horas y horas tras pantallas para jugar o para simplemente hablar con el que tienes en la habitación de al lado o peor aún, en la propia mesa. Donde los valores se han perdido, y cuesta mantenerlos. Mi trabajo y las personas de mi entorno, son mi gran apoyo y los que alimentan mi día. Por suerte mi círculo más cercano no es amplio, pero si valioso y enriquecedor, me comentan lo fuerte e independiente que soy y en el trabajo siempre me he sentido reconocida y valorada.

Como madre, me alaga parecerme a los padres que he tenido, pues recuerdo toda mi infancia con tanto cariño y alegría, que espero realmente que mis pequeñas también me recuerden así. Me considero una mujer independiente, trabajadora, y luchadora. Desde que acabe la carrera, no he parado de trabajar e incluso en varios hospitales a la vez, para conseguir tener el hogar de mí sueños, un lugar donde construir junto a mi familia experiencias. Viajar y aprovechar al máximo mi tiempo con disfrutando de cada pequeño momento, porque el dinero está para gastarlo en vivencias y en recuerdos que enriquezcan nuestro corazón, al final todo lo demás es simplemente material. Mis hijas son el reflejo de mi magia interior, las que me mantienen siempre al 100%. Me he preocupado siempre en trasmitirle los grandes valores que a mí me han inculcado y en general haciéndolas felices. Les trasmito que es importante valorar y querer el trabajo que haces, porque si es así el trabajo deja de ser una obligación y se convierte en una enriquecedora labor diaria, algo que llena y te hace feliz.

Les enseño que hacer el bien y ayudar a las personas que tenemos a nuestro alrededor, no solo te engrandece a ti y tu corazón, sino que además la vida te lo devuelve siempre con cosas bonitas y maravillosas. Me ocupo de ellas, pero realmente ellas también se ocupan de mí, y de hacerme la mujer más feliz del mundo, solo con sus sonrisas. En toda esta historia algo estaba fallando, y es que había algo que no me dejaba sentirme plenamente orgullosa y tranquila. Llevábamos tiempo viviendo con una persona que me gritaba, que se reía de mí y de mi trabajo, que nos alejaba de la familia, y que nos hacía pequeñas, que resultaba agresiva y peligrosa después de sus salidas a esa sociedad de alcohol y drogas que transitaba. Me di cuenta de que me enamoré de una persona a la que pretendía a ayudar a salir, de una vida que según él mismo no era la adecuada, ni satisfactoria, una vida de la que me comentó que quería salir, pero, de la que nunca salió. Un ejemplo de malos hábitos, malos caminos, agresividad y malos tratos del que debía alejarlas. Y me armé de valor, para cumplir conmigo misma y con ellas, y ser esa madre fuerte, valiente, responsable e independiente que quería ser. Y todo esto, ha fortalecido más mi persona.

He descubierto que soy mucho más fuerte de lo que pensaba. He sacado y continúo sacando fuerzas cada día, porque al tener hijas en común, la lucha no acaba, y el miedo sigue constante, aunque ya controlado. Ahora respiro despacio y me cargo nuevamente, para continuar demostrando al mundo que no hay nada que pueda con mis ganas, con mi energía, con mi alegría, mi profesionalidad, mi humildad y sobre todo mis ganas de vivir y de demostrar a todas y todos, que el tiempo es oro y que hay que disfrutar de cada instante como si fuese el último, pero con responsabilidad, con valores, con coherencia, protegiéndote a ti y a todos los que quieres. Lo necesario de encontrar aquello que nos llena desde dentro, lo importante de vivir y no sobrevivir. Y lo valioso de sentirnos realizados, orgullosas de nosotras mismas y de cada cosa que hacemos, aprendiendo de los errores, porque son ellos los que, a veces, nos muestran la solución. Mis pequeñas me han dado la oportunidad de reescribir nuevos renglones.

Pues hay tanto que enseñarles a estas nuevas generaciones, que mi esfuerzo está volcado en enseñarles valores, en fomentar la salud, pero no solo la salud física, sino también mental, tan crucial y tan poco trabajada. Porque nadie te enseña que caer es parte del camino, nadie camina ni corre sin antes no haberse caído. Que llorar y sentir tristeza es necesario, para valorar aún más la felicidad, y tener la oportunidad de transformar experiencias. Que los errores a veces marcan, puede incluso que marquen toda una vida, pero de ellos siempre se aprenden grandes lecciones, que redirigirán tu vida a un nuevo y mejor camino sin duda.